Gianni Infantino llegó a la presidencia de la FIFA en 2016 prometiendo transparencia, ética y controles capaces de impedir otro FIFAGate. Diez años después, el edificio institucional conserva paredes de cristal, manuales impecables y comités con nombres solemnes; sin embargo, cuando la fiscalización apunta hacia la oficina presidencial, el cristal parece convertirse en espejo: refleja discursos, pero dificulta observar cómo se toman las decisiones.
El cumplimiento normativo —o compliance— debería prevenir conflictos de intereses, garantizar neutralidad política y separar al supervisado de quienes lo supervisan. En la FIFA, la pregunta ya no es cuántas normas existen, sino si tienen fuerza para controlar a quien concentra el poder.
La Federación Noruega presentó denuncias ante el Comité de Ética y el Comité de Gobernanza, Auditoría y Cumplimiento para esclarecer tres episodios: la creación y entrega del Premio de la Paz de la FIFA a Donald Trump, el tratamiento disciplinario del caso Folarin Balogun y el proyecto FIFA Forward Enterprise. Noruega no pide una condena anticipada; exige establecer los hechos y comprobar si funcionaron los controles internos.
El premio plantea interrogantes sobre neutralidad política, criterios de elección y competencias presidenciales. El caso Balogun obliga a determinar si existieron influencias externas sobre una decisión disciplinaria. FIFA Forward Enterprise exige explicar cómo una reestructuración de enorme alcance comercial pudo avanzar, aparentemente, sin conocimiento suficiente del Consejo ni participación de actores fundamentales.
Si estos asuntos atravesaron todos los filtros, la FIFA debe publicar los procedimientos, documentos y fundamentos. Si no los atravesaron, el problema es mayor: significaría que la compliance funciona con rigor hacia abajo y con flexibilidad hacia arriba.
La gobernanza no puede convertirse en una escenografía corporativa ni los comités en bomberos que llegan cuando el incendio político ya consumió la confianza. Tampoco sería aceptable una investigación administrada para concluir después de las elecciones presidenciales. La demora puede respetar el calendario burocrático y, al mismo tiempo, favorecer el calendario del poder.
Infantino conserva la presunción de inocencia. Precisamente por eso necesita una investigación independiente, transparente y expeditiva, no un archivo silencioso ni una absolución redactada desde la conveniencia institucional. La FIFA debe demostrar que sus órganos de control pueden investigar al presidente con la misma severidad aplicada a federaciones, dirigentes y futbolistas.
Reflexión final
La compliance que no incomoda al poder es decoración administrativa. Sirve para conferencias, memorias institucionales y campañas de reputación, pero no para proteger al fútbol. Si las normas solo alcanzan a quienes están lejos del sillón presidencial, la transparencia deja de ser una política y se convierte en la fachada elegante de una organización gobernada desde la penumbra. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
