Menores peruanos son reclutados por grupo armado colombiano

Un grupo armado colombiano recluta menores peruanos en el Putumayo. La noticia debería provocar una respuesta urgente; encuentra, según la investigación de Pamela Huerta Bustamante en La República, un problema sin denuncias formales y comunidades con miedo. Los comandos de la frontera ofrecen dinero y un supuesto futuro. La protección estatal sigue pendiente. Curiosa soberanía: la frontera figura en el mapa, pero la seguridad de sus niños parece necesitar cita previa.

Klever, nombre protegido de un niño de diez años, quiere ser futbolista. Su familia ya recibió acercamientos de adultos que juegan pelota con él y hablan de llevárselo cuando crezca. La captación no a menudo comienza con amenazas: también utiliza confianza, familiaridad y promesas. Una gaseosa puede acompañar el primer contacto; un arma podría marcar el destino.

Los reclutadores ofrecen alrededor de 600 dólares mensuales en una provincia donde, según el reportaje, la mitad de la población tiene alguna necesidad básica insatisfecha. La precariedad les facilita el trabajo. Mientras faltan oportunidades educativas y servicios, una organización armada presenta la guerra como alternativa económica. Ese es el tamaño del fracaso que las autoridades deben enfrentar.

La responsabilidad corresponde a los adultos que captan menores. Ninguna necesidad económica convierte esa práctica en aceptable. Tampoco corresponde culpar a las familias: sobrevivir entre carencias y amenazas reduce las posibilidades de resistir y pedir ayuda.

Entonces aparece el argumento administrativo: no hay denuncias. Qué tranquilidad para las estadísticas. El alcalde reconoce que teme por su familia y advierte que la población desconfía de la protección disponible. Pedir denuncias sin garantizar seguridad equivale a exigir valentía desde la comodidad de un escritorio. El miedo explica el silencio; no demuestra que los niños estén a salvo.

El origen colombiano del grupo armado exige coordinación fronteriza y una investigación efectiva. Perú debe proteger a sus menores mediante alertas seguras, presencia institucional, continuidad educativa y atención a las víctimas. Las autoridades consultadas por el reportaje no respondieron hasta su cierre. Ahora deben explicar qué harán, con qué recursos y en qué plazos.

La infancia necesita resultados. Los comunicados, por solemnes que sean, no impiden que un reclutador vuelva a tocar una puerta.

Reflexión final
Cuando una organización armada consigue acercarse a un niño peruano y ofrecerle un destino, la pregunta compromete al Estado entero: ¿qué protección concreta recibió antes ese niño? Porque una frontera también se defiende evitando que sus menores terminen al servicio de quienes convierten la necesidad en instrumento de reclutamiento. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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