Los once futbolistas sudamericanos, con valorización de Transfermarkt, suman 880 millones de euros y no incluyen peruanos. Esa ausencia debería exigir explicaciones a quienes administran nuestro fútbol. Esperar jugadores extraordinarios no constituye una política de formación. En el Perú sí hay talento. Lo que falta es un plan integral nacional de desarrollo y la profesionalización del sistema que debe convertir ese talento en futbolistas competitivos.
Alisson ocupa el arco, con 15 millones de euros. La defensa reúne a Wesley, con 40 millones; Gabriel, con 75 millones; Willian Pacho, con 80 millones; y Piero Hincapié, con 50 millones.
En el mediocampo figuran Moisés Caicedo, con 100 millones; Enzo Fernández, con 120 millones; y Nico Paz, con 80 millones. Arriba aparecen Vinícius Júnior, con 130 millones; Julián Álvarez, con 110 millones; y Estêvão, con 80 millones. Son estimaciones del gráfico, no precios de transferencias concretadas. La selección responde a posiciones.
La presencia ecuatoriana merece reconocimiento y obliga al Perú a revisar sus prioridades. Nuestros niños necesitan oportunidades sostenidas, no depender exclusivamente del esfuerzo familiar o de encontrar una academia comprometida. Existen iniciativas valiosas; la deuda consiste en articularlas bajo un sistema nacional.
El Perú no tiene un plan integral nacional de desarrollo futbolístico que pueda demostrarse mediante ejecución coordinada, cobertura territorial y resultados evaluables desde la infancia hasta el profesionalismo. El plan debe funcionar en canchas, competencias, presupuestos y formación de entrenadores. Sin esa continuidad, la promesa permanece en el escritorio.
Profesionalizar exige responsables preparados, criterios de selección transparentes y seguimiento técnico. También nutrición, educación y protección de los menores. Pretender corregir durante una convocatoria las carencias acumuladas durante años descarga sobre el jugador obligaciones que corresponden a las instituciones.
La FPF y los clubes deben explicar cuánto invierten, dónde intervienen y qué resultados obtienen. Invocar un «proceso» sin objetivos, recursos ni evaluación convierte una obligación de gestión en una solicitud de paciencia. El talento crece; sus oportunidades no pueden seguir esperando.
La prioridad debe ser construir y ejecutar ese plan nacional, integrando clubes, academias y competencias regionales. La cantera necesita financiamiento sostenible y responsables sujetos a evaluación. La profesionalización se demuestra en decisiones y resultados, no en presentaciones.
Reflexión final
El problema peruano no puede atribuirse cómodamente a la falta de talento. Hay capacidades que necesitan preparación y oportunidades. Mientras el sistema dependa de esfuerzos aislados, seguiremos celebrando excepciones y lamentando ausencias. La dirigencia debe construir las condiciones para competir y responder cuando no lo hace. Fútbol peruano: cambiar técnicos no borra los errores dirigenciales
Despedir al entrenador no absuelve a quienes lo contrataron. Los dirigentes que eligieron el proyecto, aprobaron los refuerzos y comprometieron el presupuesto también deben responder por sus resultados. Exigir explicaciones al técnico mientras se protege al despacho establece una desigualdad conveniente: unos arriesgan el puesto; otros conservan la facultad de señalar culpables. El fútbol peruano necesita revisar esa distribución de responsabilidades. La derrota puede verse en la cancha, pero sus causas también deben buscarse donde se decide.
El entrenador tiene obligaciones concretas: preparar al equipo, elegir alineaciones, gestionar el vestuario y mejorar el rendimiento. Sus errores deben evaluarse. Sin embargo, ninguna revisión seria puede terminar ahí. También corresponde examinar qué jugadores recibió, qué condiciones encontró y si existía coherencia entre lo prometido y lo entregado. Pedir resultados exige asumir responsabilidad por las herramientas disponibles.
Antes de presentar otro técnico, la dirigencia debería explicar por qué eligió al anterior. ¿Qué criterios respaldaron su contratación? ¿Se evaluaron sus métodos? ¿Los refuerzos respondían a su propuesta o a preferencias ajenas? ¿Había presupuesto para sostener el trabajo? Si esas preguntas carecen de respuestas documentadas, la presentación fue más convincente que la planificación.
Aquí aparece la palabra utilizada para reclamar paciencia: «proceso». Un proceso debe ejecutar un plan. Necesita objetivos, recursos, etapas, responsables y evaluaciones. Cuando esos componentes no existen, invocar el proceso no explica nada. Pedir que se respete una ruta que nunca se definió convierte una obligación de gestión en una exigencia de fe. La hinchada no tiene por qué creer donde la dirigencia debería demostrar.
La contradicción se agrava cuando se anuncia un proyecto a largo plazo y se abandona ante las primeras dificultades. Si había un plan, debe explicarse qué justificó cambiarlo. Si no lo había, corresponde reconocerlo. Encadenar contrataciones y destituciones sin revisar los criterios originales acumula decisiones, no aprendizaje. El club termina financiando la repetición de sus propios errores.
Cada relevo puede generar liquidaciones, nuevos equipos de trabajo y pedidos de futbolistas. Es dinero que podría destinarse a infraestructura, formación o capacidades comerciales. Por eso, la discusión no debe limitarse a quién ocupará el banco. Debe incluir cuánto costó equivocarse y quién autorizó ese gasto. La urgencia tiene factura; conservar el cargo no debería permitir desentenderse de ella.
Presidentes, administradores, gerentes deportivos y demás responsables también deben poder ser removidos cuando una evaluación acredite mala gestión, incumplimientos graves o errores reiterados. En una empresa privada, una conducción deficiente puede costarles el puesto a sus máximos responsables. Los clubes necesitan esa exigencia, aplicada mediante sus reglas institucionales. Una derrota aislada no demuestra incapacidad; una trayectoria de decisiones deficientes tampoco merece protección automática.
La rendición de cuentas requiere objetivos verificables, informes y consecuencias. Quien selecciona debe justificar; quien compromete recursos debe explicar; quien incumple debe responder. Agradecer los servicios del técnico saliente no sustituye esa revisión. El comunicado puede despedir a una persona. No puede despedir las preguntas pendientes.
Cambiar de entrenador puede ser necesario, pero será insuficiente si deja intactas las causas del fracaso. Los clubes necesitan planificación documentada, presupuestos sostenibles y evaluaciones que recorran toda la cadena de mando. La continuidad dirigencial debe depender de la calidad de la gestión. La autoridad para destituir no concede el derecho de quedar fuera del examen.
Reflexión final
El próximo técnico no debería recibir la obligación de justificar errores heredados mientras sus autores conservan inmunidad institucional. Si un proyecto fracasa, corresponde evaluar a quienes lo ejecutaron y a quienes lo diseñaron. El fútbol peruano necesita dirigentes que respondan por el futuro del club con la misma rapidez con la que anuncian otra destitución. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
