Marisol Pérez Tello emitirá voto viciado como protesta democrática

El Perú ha llegado a una segunda vuelta presidencial marcada más por el miedo que por la esperanza. La contienda entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez no despierta una ilusión colectiva ni una sensación clara de futuro. Por el contrario, profundiza una percepción cada vez más extendida: otra vez el ciudadano es empujado a escoger entre opciones que generan rechazo, desconfianza o temor político. En ese escenario, la posición de Marisol Pérez Tello, quien anunció que emitirá un voto viciado, no debe leerse como apatía, sino como una forma incómoda de protesta democrática.

La excandidata presidencial de Primero la Gente ha sido clara: ni Keiko ni Sánchez. Su voto, dijo, será “viciado, activo y consecuente”. La frase golpea porque rompe el libreto tradicional de la segunda vuelta peruana, ese chantaje emocional que obliga al elector a votar por alguien no porque lo convence, sino porque el otro le asusta más. La política nacional ha convertido el “mal menor” en doctrina electoral, como si la democracia fuera una sala de emergencias donde el ciudadano solo puede elegir qué herida soportar.

Pérez Tello cuestiona, por un lado, a Roberto Sánchez por posiciones que, según ella, no enfrentan con firmeza problemas como la minería ilegal. Por otro, rechaza votar por Keiko Fujimori, a quien vincula con una organización política que, en su opinión, ha relativizado hechos graves del pasado y debilitado instituciones durante los últimos años. Su postura, además, se distancia de la línea de su propio partido, que ha mostrado cercanía con Sánchez. Ahí está el valor político del gesto: no se alinea por conveniencia, sino que marca una frontera ética.

En redes sociales y espacios ciudadanos, el voto blanco, nulo o viciado empieza a aparecer como una tercera posición frente a una segunda vuelta que muchos consideran empobrecida. Incluso se ha repetido la idea, planteada por el abogado Rubén Cáceres, de que existe un “tercer candidato”: el voto viciado. La frase puede sonar provocadora, pero expresa un hartazgo real. El problema no es solo quiénes llegaron a la final electoral; el problema es cómo un país entero volvió a quedar atrapado entre candidaturas que no logran representar una esperanza nacional.

Además, el voto viciado no es necesariamente un gesto vacío. La Ley Orgánica de Elecciones contempla que el JNE puede declarar la nulidad total de un proceso electoral cuando los votos nulos o en blanco, sumados o por separado, superan los dos tercios del número de votos válidos; también cuando se anulan procesos de una o más circunscripciones que representen un tercio de la votación nacional válida. Es decir, si el rechazo ciudadano alcanzara ese umbral, nuevas elecciones no serían un capricho antidemocrático, sino una consecuencia prevista por la propia legalidad electoral.

La decisión de Marisol Pérez Tello incomoda porque obliga a mirar el problema de fondo: millones de peruanos no quieren votar por miedo, por cálculo ni por resignación. Quieren votar por una propuesta limpia, seria y confiable. Si esa propuesta no existe, el voto viciado aparece como una señal de alarma dentro de las propias urnas.

Reflexión final
Una democracia no solo se deteriora cuando se manipulan elecciones. También se debilita cuando votar deja de significar elegir futuro y pasa a significar administrar el miedo. El voto viciado no debería celebrarse como ideal, pero tampoco despreciarse como capricho. Es el mensaje amargo de una ciudadanía que le dice al sistema: ninguno me representa. (Foto: lacajanegra.blog).

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