Las elecciones terminan cuando las autoridades electorales concluyen el conteo, resuelven las impugnaciones y proclaman oficialmente los resultados. Sin embargo, en el Perú parece haberse vuelto costumbre que el proceso político continúe incluso después de agotadas las instancias legales. Mientras Keiko Fujimori empieza a comportarse como virtual ganadora y habla de los próximos cinco años de gobierno, Roberto Sánchez continúa buscando mecanismos para cuestionar resultados que ya han sido revisados por los organismos electorales. Dos actitudes distintas que reflejan la profunda crisis de nuestra cultura democrática.
La prudencia aconsejaría que ningún candidato celebre antes de una proclamación oficial. La historia política peruana ha demostrado que los triunfalismos prematuros pueden convertirse rápidamente en errores políticos. Sin embargo, también resulta evidente que los resultados electorales, las resoluciones emitidas y el rechazo de los principales pedidos de nulidad han configurado un escenario cada vez más favorable para Fuerza Popular.
Al otro lado se encuentra Roberto Sánchez, quien continúa impulsando recursos, cuestionamientos y nuevas estrategias jurídicas pese a que el Jurado Nacional de Elecciones ya declaró improcedentes los pedidos para anular 2.398 mesas de sufragio en Lima y Estados Unidos.
Lo preocupante no es ejercer el derecho a la defensa legal. Lo preocupante es la insistencia en mantener abierta una controversia que, hasta el momento, no ha logrado presentar pruebas contundentes que sustenten las acusaciones más graves formuladas durante el proceso.
La democracia funciona porque existen reglas previamente establecidas. Cuando los organismos electorales admiten recursos, los evalúan, realizan audiencias públicas y finalmente emiten resoluciones, corresponde respetar esas decisiones, incluso cuando no satisfacen nuestras expectativas políticas.
El país ya llega demasiado golpeado a esta etapa. La inseguridad ciudadana avanza sin tregua, la economía enfrenta enormes desafíos y millones de peruanos observan con cansancio una confrontación política que parece incapaz de terminar. Cada día adicional de incertidumbre profundiza la polarización y retrasa la posibilidad de iniciar una nueva etapa política.
Más allá de simpatías o rechazos hacia cualquiera de los candidatos, el Perú necesita que quienes participaron en la contienda demuestren responsabilidad democrática. Ganar exige humildad. Perder exige grandeza.
Las elecciones no pueden convertirse en procesos eternos donde cada resolución desfavorable da origen a una nueva controversia. La democracia necesita instituciones fuertes, pero también actores políticos dispuestos a respetarlas.
Reflexión final
La verdadera fortaleza democrática no se mide cuando los resultados favorecen nuestras posiciones. Se mide cuando aceptamos las decisiones institucionales aun cuando nos resultan adversas. El Perú necesita cerrar esta etapa con serenidad y respeto al Estado de derecho. Porque cuando las pruebas se agotan, las instancias concluyen y las autoridades ya han decidido, seguir alimentando expectativas imposibles solo prolonga la división de un país que hace demasiado tiempo vive atrapado entre la confrontación y la desconfianza. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
