Mundial 2030 con 64 selecciones: el negocio que amenaza

El fútbol mundial parece haber perdido el sentido del límite. Ya no basta con llenar estadios, vender derechos televisivos, multiplicar patrocinadores y convertir cada sorteo en una ceremonia de poder. Ahora se pretende estirar la Copa del Mundo hasta convertirla en una maquinaria interminable de partidos, viajes, sedes, audiencias y facturación. La propuesta de ampliar el Mundial 2030 a 64 selecciones, cuando el formato de 48 equipos del Mundial 2026 todavía no ha demostrado sus verdaderas consecuencias deportivas, es una señal alarmante. La FIFA habla de inclusión, pero el negocio habla más fuerte.

El argumento oficial suena noble: celebrar el centenario del Mundial con una fiesta global, más países invitados y una participación histórica. Pero el fútbol ya conoce ese libreto. Primero llega la palabra “inclusión”, luego aparece la “expansión” y, finalmente, la caja registradora. Un Mundial de 64 selecciones no es solo una celebración deportiva; es una multiplicación de derechos de televisión, paquetes comerciales, patrocinadores, hospitality, boletos, sedes, viajes, activaciones y poder político.

El problema es que el calendario internacional ya está asfixiado. Los futbolistas compiten en ligas nacionales, copas locales, torneos continentales, eliminatorias, amistosos comerciales, giras de pretemporada, Mundiales de Clubes y ahora Mundiales cada vez más extensos. Se les exige velocidad, intensidad, espectáculo y rendimiento permanente, pero se les concede cada vez menos descanso. Los dirigentes hablan de salud del jugador, bienestar mental y protección física, mientras empujan formatos que aumentan la carga competitiva. El discurso cuida al futbolista; el negocio lo exprime.

Aquí aparece la figura de Gianni Infantino. Su objetivo parece cada vez más evidente: facturar más y asegurar respaldo dentro del tablero federativo mundial. Un Mundial más grande significa más países con ilusión de clasificar, más federaciones agradecidas, más dirigentes satisfechos y más votos asegurados alrededor de la mesa. En la FIFA, cada plaza adicional no solo tiene valor deportivo: también tiene valor político. Cada nueva selección incluida puede convertirse en una lealtad. Cada promesa de participación puede traducirse en apoyo. Cada cheque de desarrollo puede comprar silencio institucional.

La Copa del Mundo siempre tuvo una parte esencial de prestigio: llegar era difícil. Clasificar era una hazaña. Esa exigencia hacía grande al torneo. Si se amplía sin medida, el Mundial corre el riesgo de perder tensión competitiva, llenar fases iniciales con partidos desiguales y convertir lo extraordinario en rutina. No todo crecimiento es progreso. A veces, crecer demasiado es una forma elegante de deformarse.

El centenario de 2030 debería ser una celebración de memoria, identidad y grandeza futbolística. Debería recordar el origen del torneo, la épica de las selecciones, el valor de la competencia y la historia que convirtió al Mundial en el evento deportivo más importante del planeta. Pero la obsesión por agrandarlo todo amenaza con convertir esa conmemoración en una feria global de intereses, votos y contratos.

Europa ya ha encendido alertas. Diversas voces del fútbol internacional han advertido que el calendario no puede seguir estirándose como si los jugadores fueran piezas reemplazables. Sin embargo, la FIFA parece escuchar mejor el sonido del mercado que el cansancio de la cancha. Si el producto vende, se agranda. Si el calendario reclama, se acomoda. Si el jugador se rompe, se convoca a otro. Esa lógica es tan rentable como peligrosa.

El Mundial 2030 no necesita ser más grande para ser más importante. Necesita ser mejor, más justo, más competitivo, más humano y más respetuoso con quienes realmente sostienen el espectáculo: los futbolistas y los hinchas. La FIFA debería proteger la esencia del torneo, no inflarlo hasta volverlo irreconocible. Un Mundial no puede convertirse en una fábrica de partidos diseñada para complacer mercados, federaciones y patrocinadores.

Reflexión final
El fútbol necesita crecer, pero también necesita límites. Cuando Infantino y la FIFA confunden expansión con ambición comercial, el Mundial deja de ser una fiesta deportiva y se convierte en una industria de desgaste. Y cuando el negocio pesa más que la pelota, el juego pierde alma. El riesgo del Mundial 2030 no es tener más selecciones; el verdadero riesgo es que, por querer venderlo todo, la FIFA termine vendiendo también la esencia del fútbol. . (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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