El nuevo gobierno tendrá que enfrentar a un viejo conocido de la política peruana: la corrupción. Ese monstruo que nunca aparece en campaña, pero siempre encuentra asiento en los nombramientos, las contrataciones públicas, los favores políticos y las oficinas donde se decide el destino del dinero de todos. En el Perú, cada gobierno promete combatirla; el problema es que demasiadas veces termina aprendiendo a convivir con ella.
La corrupción no empieza cuando aparece un escándalo en televisión. Empieza antes, en el nombramiento improvisado, en el cargo entregado por lealtad y no por mérito, en la asesoría innecesaria, en la consultoría decorativa, en el expediente que avanza más rápido cuando tiene padrino. Luego llega la indignación pública, las comisiones investigadoras, los comunicados solemnes y la frase de siempre: “caiga quien caiga”. Curiosamente, casi nunca cae quien debe caer.
El próximo gobierno no puede darse el lujo de repetir esa coreografía. La lucha anticorrupción no será creíble si se limita a discursos de instalación, oficinas con nombres rimbombantes o promesas de transparencia que se archivan al primer conflicto político. El Consorcio de Investigación Económica y Social, en su agenda Perú Debate 2026, ha planteado la necesidad de fortalecer integridad pública, prevención de la corrupción, gobierno abierto, datos abiertos, digitalización e inteligencia artificial como parte de una política seria de Estado.
El punto crítico estará en las contrataciones públicas. Ahí donde el Estado compra, construye, concesiona y terceriza, también se abren las rendijas para el abuso si no existen controles reales. La PCM ha advertido sobre riesgos de corrupción en las contrataciones públicas y desafíos para su supervisión, además de la importancia de pactos de integridad y veedurías multiactor.
También será decisivo mirar los nombramientos. Un gobierno que llena cargos con amigos, operadores o cuotas políticas no está formando equipo: está hipotecando el Estado. La meritocracia no puede ser un adorno para discursos ni una palabra elegante en PowerPoint. Debe ser una frontera ética. Porque cuando el puesto público se reparte como premio de campaña, el ciudadano termina pagando la factura en servicios deficientes, obras paralizadas y decisiones capturadas por intereses particulares.
La corrupción no solo roba dinero. Roba confianza, tiempo, justicia y futuro. ComexPerú ha señalado que este problema afecta la eficiencia de los servicios públicos, la calidad del gasto y el avance de las inversiones.
El nuevo gobierno tendrá que decidir si combate al monstruo o si simplemente lo maquilla. La ciudadanía ya conoce demasiado bien el libreto de las promesas anticorrupción. Ahora exige hechos, nombres idóneos, compras limpias y sanciones reales.
Reflexión final
La corrupción no es una sombra inevitable del poder. Es una decisión política permitida por la indiferencia, la complicidad o la debilidad institucional. Si el nuevo gobierno quiere recuperar confianza, deberá empezar por demostrar que el Estado no será botín, refugio ni agencia de favores. . (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
