La rebelión alemana fractura el poder de Infantino en la FIFA

El fútbol es mucho más que una competencia deportiva. Representa identidad, integración y una pasión compartida por miles de millones de personas. Por esa razón, quienes administran su principal organización mundial deberían actuar con transparencia, independencia y respeto por los principios que sostienen el juego. Sin embargo, cuando la conducción de la FIFA queda rodeada de cuestionamientos políticos, comerciales y éticos, la controversia deja de afectar solamente a sus dirigentes y comienza a debilitar la credibilidad del propio deporte. En ese escenario, la decisión de la Federación Alemana de Fútbol de no respaldar la candidatura de Gianni Infantino para el periodo 2027-2031 representa una ruptura institucional que podría alterar el equilibrio de poder dentro de la organización.

La rebelión alemana se habría producido después de que el director de la FIFA para Europa, Elkhan Mammadov, promoviera entre las federaciones europeas participantes en la Copa del Mundo una carta de apoyo a la continuidad de Infantino. La intención era consolidar anticipadamente una imagen de respaldo continental y evitar que surgiera una candidatura alternativa antes del Congreso de Rabat de marzo de 2027. Sin embargo, el presidente de la Federación Alemana, Bernd Neuendorf, decidió no firmar el documento, rompiendo el aparente consenso que había acompañado las anteriores reelecciones del dirigente suizo.

La postura alemana no se limita a una diferencia electoral. Expresa el malestar acumulado por decisiones que han generado dudas sobre la gobernanza de la FIFA. Entre los episodios cuestionados se encuentran la revocación de la tarjeta roja a Folarin Balogun, delantero de Estados Unidos, y la versión de que Donald Trump habría intervenido ante Infantino; la aplicación de precios dinámicos que elevaron el costo de las entradas; la creación y entrega de un denominado Premio de la Paz; las restricciones iniciales contra las botellas reutilizables para proteger intereses comerciales y la exclusión del árbitro somalí Omar Artan por problemas migratorios. En conjunto, estos hechos han alimentado la percepción de que las prioridades políticas y económicas comienzan a imponerse sobre la independencia deportiva.

Alemania no está sola. Bélgica asumió una posición especialmente crítica después de que su federación impugnara la habilitación de Balogun y su recurso fuera declarado inadmisible. A partir de ese episodio, los dirigentes belgas profundizaron su distanciamiento de la conducción de Infantino y comenzaron a promover una respuesta institucional más firme. Noruega, liderada por Lise Klaveness, también mantiene una postura crítica y exige mayor transparencia, independencia ética y respeto por la neutralidad política. Suecia, Bosnia y Herzegovina y España participan igualmente en conversaciones destinadas a coordinar acciones legales y políticas dentro de Europa.

A estas federaciones se sumarían asociaciones que inicialmente firmaron la carta de respaldo, pero que después expresaron su arrepentimiento y evalúan retirar el apoyo antes del cierre del proceso de candidaturas. La difusión de la supuesta intervención política en el caso Balogun habría profundizado la división dentro de la UEFA. El objetivo europeo no consiste solamente en debilitar a Infantino, sino en evitar que vuelva a ser reelegido por aclamación y sin competencia, como ocurrió en los procesos de 2019 y 2023.

La oposición también se manifestó durante el Congreso de la Conmebol en Asunción, donde representantes europeos, encabezados por Aleksander Čeferin y la presidenta de la Federación Inglesa, Debbie Hewitt, protestaron por la llegada tardía de Infantino. Su ausencia habría estado relacionada con reuniones políticas privadas en Estados Unidos, lo que fue interpretado como una muestra de que los intereses diplomáticos ocupaban un lugar superior a los asuntos institucionales del fútbol. Este episodio confirmó que la fractura entre la FIFA y un sector de Europa ya no puede presentarse como una simple diferencia de opiniones.

Pese a ello, Infantino conserva una sólida estructura electoral. La Confederación Africana mantiene un respaldo institucional casi completo, sostenido en gran medida por los programas de desarrollo y financiamiento de la FIFA. La Confederación Asiática también permanece alineada con su gestión, mientras que la Conmebol valora los ingresos y la estabilidad económica alcanzada durante su administración. Oceanía ha apoyado históricamente a la presidencia y la mayoría de las federaciones de la Concacaf continúan respaldándolo después de la organización del Mundial de Norteamérica.

Este mapa electoral favorece claramente a Infantino. En la FIFA, cada una de las 211 asociaciones nacionales posee un voto, independientemente de su población, desarrollo económico o tradición futbolística. África cuenta con 54 votos; Asia, con 47; la Concacaf, con 35; Oceanía, con 11; la Conmebol, con 10, y Europa, con 55. Por ello, aunque la UEFA actuara como un bloque unido, seguiría necesitando aliados en otras confederaciones para construir una mayoría capaz de derrotar al oficialismo.

La oposición europea analiza varias alternativas. Entre los nombres mencionados aparecen Nasser Al-Khelaifi, por su influencia comercial; Dariusz Mioduski, como representante de una reforma institucional centrada en la transparencia; y Victor Montagliani, presidente de la Concacaf, quien podría fracturar el respaldo americano a Infantino. Sin embargo, más importante que los nombres es la posibilidad de recuperar una verdadera competencia electoral y terminar con la peligrosa normalización de las reelecciones sin adversarios.

La negativa de Alemania ya ha conseguido algo relevante: romper el silencio y demostrar que la estabilidad de la FIFA no es tan sólida como parecía. El debate de fondo no debe limitarse a quién ocupará la presidencia en 2027, sino al modelo de gobierno que merece el fútbol mundial. Una institución de alcance universal no puede depender de alianzas financieras, respaldos automáticos ni cartas negociadas anticipadamente.

La FIFA enfrenta una oportunidad decisiva para demostrar que la transparencia, la neutralidad política y la rendición de cuentas siguen siendo obligaciones y no simples discursos. El verdadero peligro para Infantino no es perder una votación, sino perder la autoridad moral para dirigir el deporte más popular del planeta. El fútbol pertenece a sus jugadores, clubes, federaciones y aficionados, no a quienes convierten el poder en un objetivo permanente. Alemania ha abierto la puerta; ahora corresponde saber cuántas federaciones tendrán el valor de cruzarla. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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