Congreso condecora a Jerí con la medalla Gran Cruz en privado

El Congreso volvió a superarse a sí mismo. Cuando parecía difícil añadir otro capítulo al largo expediente del desprestigio parlamentario, apareció la condecoración a José Jerí con la medalla Gran Cruz, entregada a puertas cerradas, sin transmisión oficial y sin presencia de la prensa acreditada. Un acto reservado para una decisión que, si fuera tan honorable como dicen, no tendría por qué esconderse de la ciudadanía.

La escena resume con precisión quirúrgica el deterioro de la política peruana: una institución con bajísima confianza pública entregando una de sus máximas distinciones a un expresidente interino cuestionado, vacado sin mayor gloria política y todavía rodeado de investigaciones fiscales en trámite. Todo bajo el argumento de la “costumbre”. Qué palabra tan útil cuando falta ética. En el Perú, parece que la costumbre sirve para todo: para justificar privilegios, blindajes, silencios y ahora también medallas incómodas.

La Medalla de Honor del Congreso en grado de Gran Cruz debería ser un reconocimiento excepcional. Debería representar servicio al país, trayectoria pública, conducta ejemplar y aporte institucional. Pero esta vez parece más un souvenir de supervivencia política que una distinción republicana. Una medalla entregada entre paredes cerradas no proyecta honor; proyecta vergüenza administrada con protocolo.

El rechazo de la bancada Somos Perú no fue suficiente para frenar el gesto. Tampoco los cuestionamientos pendientes. El Congreso siguió adelante, como suele hacerlo cuando decide escucharse solo a sí mismo. Y allí está el verdadero problema: un Parlamento que confunde legalidad con decencia, trámite con legitimidad y costumbre con mérito. Que algo pueda hacerse no significa que deba hacerse. Esa diferencia elemental parece haberse perdido entre alfombras, acuerdos internos y ceremonias sin cámaras.

La ciudadanía observa y toma nota. Mientras el país exige seguridad, empleo, justicia, lucha contra la corrupción y respeto institucional, el Congreso parece más preocupado por decorar su propio álbum de despedidas. Si esta es la vara del mérito, entonces el absurdo queda peligrosamente cerca: solo falta que mañana pretendan condecorar a cada figura pública que pasó por el poder dejando crisis, sospechas o frustración.

No se trata de odio político ni de revancha. Se trata de sentido común democrático. Una condecoración pública no es un trámite privado. Es un mensaje al país. Y el mensaje, en este caso, es demoledor: el Congreso no entiende, no escucha o no le importa el rechazo ciudadano.

Condecorar a José Jerí a puertas cerradas no fortalece la imagen del Parlamento. La hunde más. Convierte una medalla de honor en un símbolo de desconexión, soberbia y falta de criterio institucional.

Reflexión final
Las medallas deberían honrar al Perú, no premiar el tránsito gris por el poder. Cuando el Congreso condecora su propio fracaso, la ciudadanía no ve grandeza republicana: ve otra ofensa envuelta en cinta ceremonial. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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