Nueve presidentes en diez años: el fracaso de la política

El Perú llega a una nueva etapa política con una cifra que debería estremecer a cualquier democracia seria: nueve presidentes en diez años. No es una anécdota institucional ni una rareza para titulares internacionales. Es la radiografía de una república agotada, de instituciones debilitadas y de una clase política que convirtió el poder en una silla giratoria. Esta década turbulenta como el periodo que antecede la asunción de Keiko Fujimori, marcado por una sucesión de cambios de mando que dejó al país bajo una inestabilidad persistente.

Desde La Caja Negra sostenemos que nueve presidentes en diez años no representan solo una crisis de liderazgo. Representan el fracaso acumulado de una clase política que confundió democracia con reparto, fiscalización con demolición, oposición con sabotaje y gobierno con supervivencia personal. El Perú no ha sido gobernado: ha sido administrado a empujones, parches, pactos de ocasión y cálculos de corto plazo.

La lista habla por sí sola: Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jerí, José María Balcázar y Keiko Fujimori. Nueve nombres en una década de renuncias, vacancias, sucesiones, gobiernos de emergencia, transiciones forzadas, investigaciones, protestas y promesas rotas. Fuentes de referencia sobre la sucesión presidencial peruana registran el encadenamiento de Kuczynski, Vizcarra, Merino, Sagasti, Castillo, Boluarte, Jerí y Balcázar antes de la llegada de Fujimori.

El denominador común no fue la estabilidad, sino el deterioro. Hubo gobiernos que nacieron débiles, otros que se hundieron en sus propias contradicciones, presidentes investigados, mandatarios vacados, autoridades cercadas por denuncias y una sucesión de crisis que convirtió la excepcionalidad en rutina. Lo grave no es solo que hayan caído presidentes; lo grave es que el país aprendió a mirar esas caídas como parte del paisaje.

Cada crisis presidencial tuvo un costo que no pagaron los protagonistas de siempre. Lo pagó el ciudadano que esperó una cita médica en un hospital saturado. Lo pagó el emprendedor extorsionado. Lo pagó el estudiante sin escuela digna. Lo pagó la familia que vio subir el costo de vida mientras la política se entretenía en sus guerras internas. Mientras el poder jugaba a resistir, negociar o derribar, el país real seguía abandonado.

El Congreso tampoco puede presentarse como espectador inocente. Durante años, una parte del Parlamento convirtió la vacancia en amenaza permanente y la fiscalización en herramienta de presión. Allí donde debía haber control democrático, demasiadas veces hubo cálculo. Allí donde debía legislarse para cerrar brechas, aparecieron leyes improvisadas, blindajes, censuras selectivas y maniobras de conveniencia. El resultado está a la vista: un país más desconfiado, más fragmentado y más cansado.

La asunción de Keiko Fujimori no borra esta década; la hereda completa. Y esa herencia es incómoda. Gobernar después de nueve presidentes no permite excusas, triunfalismos ni revanchas. Exige demostrar que no se repetirá el libreto del poder usado como botín, del Congreso convertido en trinchera y del Estado tratado como agencia de colocaciones.

La Caja Negra rechaza la normalización del naufragio político. El Perú no puede seguir atrapado entre gobiernos débiles, congresos voraces, partidos sin raíces y funcionarios que llegan al Estado como si entraran a una sala de espera del próximo escándalo. Defender la democracia exige instituciones fuertes, rendición de cuentas, ética pública, justicia independiente y ciudadanos vigilantes.

Nueve presidentes en diez años son la radiografía de una república maltratada por sus propios dirigentes. El país no necesita otro gobierno que sobreviva semana a semana; necesita autoridad democrática, decencia pública, reformas profundas y capacidad real de conducción.

Reflexión final
El Perú no se rompió de un día para otro. Lo fueron rompiendo quienes gobernaron sin visión, fiscalizaron sin responsabilidad, legislaron sin pudor y usaron la crisis como método. Si esta nueva etapa repite los mismos vicios, no estaremos ante un cambio político, sino ante otro capítulo de la misma decadencia con distinto rostro en la portada. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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