El fútbol nació en los barrios, en los patios escolares, en las canchas de tierra y en los estadios donde generaciones enteras aprendieron a celebrar, sufrir y sentirse parte de una misma comunidad. Sin embargo, durante la última década, la FIFA parece haber entendido esa pasión no como un patrimonio cultural que debe protegerse, sino como una mercancía capaz de expandirse sin límites.
Desde la llegada de Gianni Infantino a la presidencia en 2016, el organismo ha multiplicado selecciones, partidos, torneos, plataformas de transmisión y oportunidades comerciales. La pregunta ya no es cuánto dinero produce el fútbol, sino cuánto fútbol auténtico queda después de exprimirlo.
La ampliación del Mundial de 32 a 48 selecciones y el incremento de 64 a 104 partidos para la edición de 2026 fueron presentados como una democratización del torneo. En teoría, más países tendrían acceso a la competencia. En la práctica, la expansión también significa más derechos audiovisuales, más patrocinadores, más jornadas comerciales y más federaciones agradecidas al momento de votar.
La sospecha es inevitable: ¿se amplía el Mundial para desarrollar el fútbol o para ampliar la base política que sostiene las reelecciones?
A ello se suma la transformación del juego en contenido permanente. La FIFA ya no vende únicamente partidos a canales de televisión. Comercializa transmisiones por streaming, fragmentos para YouTube, productos para TikTok, experiencias digitales y nuevas ventanas publicitarias. La tecnología puede acercar el deporte a millones de personas, pero también puede reducirlo a una secuencia inagotable de imágenes destinadas a generar consumo.
La contradicción resulta dolorosa: el Mundial llega a más pantallas, pero aleja a los aficionados de los estadios. Los elevados precios de las entradas, sumados al transporte y alojamiento, convierten la experiencia presencial en un privilegio. El hincha popular, que construyó la historia del fútbol, corre el riesgo de quedar fuera de la fiesta que ayudó a financiar emocionalmente durante toda su vida.
Más grave aún es la cercanía con el poder político. Según la información difundida, la sanción impuesta a Folarin Balogun fue revisada después de una intervención de Donald Trump. También se creó un Premio de la Paz de la FIFA, entregado al mandatario estadounidense. Cuando un gobernante puede intervenir en una controversia deportiva y luego recibir una distinción del mismo organismo, la independencia institucional queda inevitablemente bajo sospecha.
Mientras tanto, el árbitro involucrado en la polémica quedó sin una defensa pública contundente. La FIFA exige respeto para sus autoridades dentro de la cancha, pero parece menos firme cuando ese respeto incomoda al poder político.
La FIFA tiene derecho a generar ingresos y modernizar sus competiciones. Lo que no puede hacer es confundir crecimiento con grandeza. Más selecciones, más partidos y más millones no garantizan un fútbol mejor. También pueden producir calendarios saturados, jugadores sobreexigidos, aficionados excluidos e instituciones subordinadas a intereses políticos y comerciales.
Reflexión final
Infantino recibió una organización cuestionada y prometió recuperar la confianza. Diez años después, la FIFA es más rica, poderosa y expansiva, pero también parece más distante del hincha común. El verdadero peligro no es que el fútbol produzca dinero, sino que el dinero termine decidiendo qué torneos se juegan, quiénes participan, cuánto vale una entrada y hasta qué sanciones pueden modificarse.
Cuando el balón debe pedir permiso a la política, a los patrocinadores y a las plataformas digitales para seguir rodando, el negocio ya no acompaña al fútbol: comienza a derrotarlo. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
