Hay cifras que no necesitan maquillaje económico. El 58 % de los peruanos afirma que el dinero no le alcanza para llegar a fin de mes, el 53 % gasta regularmente más de lo que gana y el 55 % ha tenido que tocar sus ahorros para cubrir gastos corrientes, según un estudio de Ipsos Perú encargado por Banco Falabella y difundido por RPP. Detrás de esos porcentajes hay una realidad bastante más dura que cualquier discurso oficial: millones de familias viven con el bolsillo exhausto, sin capacidad de ahorro y con la incertidumbre convertida en rutina. La economía puede mostrar estabilidad en algunos indicadores, pero para demasiados hogares la vida financiera se parece más a una carrera de resistencia que a una posibilidad real de progreso.
Lo más grave no es solamente que el dinero no alcance, sino que la normalidad económica de demasiados hogares consiste en vivir permanentemente al borde del desbalance. Cuatro de cada diez peruanos no podrían sostenerse ni un mes si dejaran de recibir ingresos. El 12 % resistiría menos de una semana y otro 25 % entre una semana y menos de un mes. Eso significa que una enfermedad, un despido, un accidente o cualquier emergencia puede destruir en días una economía familiar que ya viene debilitada desde hace meses. Mientras tanto, el debate público sigue obsesionado con grandes cifras macroeconómicas. Se habla de crecimiento, estabilidad fiscal, inversión y confianza empresarial, todos elementos importantes, pero de poco sirve celebrar la macroeconomía si en la microeconomía del hogar el ciudadano termina contando monedas para completar el mercado, pagar una medicina o cubrir un recibo básico.
El estudio revela además que 45 % de los peruanos siente ansiedad o preocupación financiera frecuente. El problema, por tanto, ya no es solo económico; también es emocional y social. Quien vive calculando si podrá pagar el alquiler, la pensión escolar, los alimentos o una consulta médica no está pensando en ahorrar, invertir o mejorar su calidad de vida. Está pensando en sobrevivir al mes. Y allí aparece una contradicción incómoda: estar bancarizado no significa necesariamente estar mejor. Se puede tener cuenta, tarjeta, préstamo y aplicativo financiero y, aun así, vivir angustiado. La inclusión financiera sin capacidad real de ahorro puede terminar siendo apenas una vía más rápida hacia el endeudamiento.
El escenario de una emergencia de S/1.000 es todavía más revelador. Solo una cuarta parte recurriría principalmente a sus ahorros. Otros pedirían dinero a familiares, solicitarían préstamos, venderían bienes, organizarían alguna actividad para conseguir recursos o acudirían incluso a prestamistas informales. Un 6 % declara que simplemente no podría conseguir ese monto. Esa cifra resume con crudeza la fragilidad económica de una parte importante de la población. Cuando conseguir S/1.000 ante una urgencia puede convertirse en una crisis familiar, hablar de bienestar financiero resulta casi una ironía.
Desde La Caja Negra sostenemos que ningún gobierno debería conformarse con indicadores macroeconómicos mientras más de la mitad del país vive con tensión financiera. El verdadero éxito económico debería medirse también por cuántas familias pueden ahorrar, enfrentar una emergencia sin endeudarse y llegar a fin de mes sin angustia. Se necesita empleo formal, mejores ingresos vinculados a productividad, reducción del costo de vida, acceso responsable al crédito, educación financiera y mecanismos de protección frente a emergencias familiares. Porque trabajar todo el mes para terminar pidiendo prestado no puede seguir presentándose como una normalidad aceptable.
Un país donde cuatro de cada diez personas no podrían sostenerse un mes sin ingresos es un país económicamente vulnerable, aunque sus cifras fiscales luzcan ordenadas. Si más de la mitad de los ciudadanos gasta más de lo que gana o debe recurrir a sus ahorros para cubrir gastos corrientes, entonces el problema no puede reducirse únicamente a decisiones individuales. Existe una estructura económica que no está generando suficiente estabilidad para millones de hogares.
Reflexión final
La economía no debería juzgarse únicamente por cuánto crece el PBI, sino por cuánto respira una familia cuando llega el último día del mes. Si millones de peruanos trabajan, cobran y aun así no llegan, entonces el problema ya no puede atribuirse simplemente a una supuesta mala administración del dinero. El problema es una economía donde sobrevivir financieramente se está volviendo más común que progresar. Y cuando la preocupación por pagar lo básico se convierte en parte permanente de la vida cotidiana, el verdadero déficit no está solo en el bolsillo: está en la tranquilidad que el país todavía no consigue garantizar a sus ciudadanos. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
