En una federación seria, constituyen laboratorios deportivos: permiten probar jóvenes, renovar posiciones, corregir debilidades, consolidar una identidad y preparar al equipo que disputará las próximas eliminatorias. También generan ingresos, fortalecen la marca, mejoran la exposición comercial y pueden aportar puntos para el ranking FIFA. Todo ello es legítimo, siempre que el negocio acompañe al proyecto y no termine sustituyéndolo.
Cuando se juega únicamente para cumplir compromisos comerciales, contratos televisivos o calendarios internacionales, sin una visión deportiva verificable, el amistoso deja de ser preparación y se convierte en una representación. Hay camiseta, transmisión y publicidad, pero falta aquello que debería justificar todo el espectáculo: un equipo en construcción.
En el Perú, el orden parece haberse invertido. Primero se llena el calendario, se activa la caja y se presenta la convocatoria; después, si queda tiempo, se pronuncia la palabra “renovación”. La selección disputa encuentros internacionales, pero la Federación Peruana de Fútbol no explica con claridad qué conjunto pretende formar para 2030 ni cuál será el objetivo principal de cada partido.
Un amistoso sin metas deportivas concretas constituye apenas un espectáculo vestido de selección nacional. Si las convocatorias continúan girando alrededor de futbolistas de 35, 36, 37, 38 o 39 años, varios próximos al retiro, no estamos ante un cambio generacional. Estamos administrando la nostalgia, prorrogando decisiones incómodas y trasladando la crisis hacia el próximo proceso.
La experiencia sigue siendo necesaria. Los jugadores de trayectoria pueden transmitir disciplina, liderazgo y conocimiento competitivo. Sin embargo, su función debería ser acompañar la transición, no impedirla. Cuando ocupan sistemáticamente los espacios destinados a probar nuevas alternativas, la selección utiliza el pasado como refugio y el futuro como consigna publicitaria.
¿Qué evaluación, pensando en 2030, puede hacerse con futbolistas que probablemente ya estarán retirados? ¿Cuántos amistosos más harán falta para comprender que el calendario avanza aunque la planificación permanezca inmóvil? Convocar a los mismos para obtener respuestas conocidas no es evaluar: es repetir.
La incorporación de futbolistas nacidos en el extranjero con raíces peruanas es legítima. Si cumplen las normas y desean representar al país, merecen consideración sin prejuicios. El problema aparece cuando esa búsqueda se convierte en política central porque el sistema nacional no produce suficientes alternativas. La ascendencia peruana puede ampliar el universo de selección, pero nunca reemplazará la masificación, la captación territorial ni la formación temprana que la FPF dejó pendiente.
No se puede convertir cada descubrimiento genealógico en una supuesta política deportiva. Una federación responsable rastrea jugadores en el exterior, pero simultáneamente construye futbolistas dentro del país. Hacer solamente lo primero equivale a buscar frutos en jardines ajenos después de abandonar el propio terreno.
Los resultados de las categorías sub-15 y sub-17 representan una alarma que no admite maquillaje. Terminar en los últimos lugares o recibir goleadas no demuestra que los adolescentes peruanos carezcan de talento. Demuestra que fueron enviados a competir sin un proceso equivalente al de sus rivales. Responsabilizarlos sería tan absurdo como reprobar a un alumno por no resolver aquello que nadie se preocupó por enseñarle.
Perú posee talento, pero lo abandona a la casualidad. No existe una verdadera masificación nacional; faltan formadores especializados, los pocos formadores como Luis Bolaños son excluidos, competencia permanente e infraestructura adecuada. Numerosas provincias permanecen fuera de los principales circuitos de observación. Después se espera que, a los 15 años, esos jóvenes enfrenten a selecciones que trabajan desde la infancia con metodología, nutrición, psicología, tecnología y seguimiento científico. Eso no es igualdad competitiva: es improvisación con uniforme oficial.
Mano Menezes puede ser un buen entrenador, con experiencia, conocimientos y capacidad para ordenar al equipo. Pero ningún director técnico fabrica futbolistas competitivos por decreto ni repara en unos meses décadas de abandono. Sin suficiente material humano, su proceso corre el riesgo de convertirse en la crónica de un fracaso anunciado. No necesariamente por responsabilidad del entrenador, sino porque se pretende exigirle una cosecha en un terreno que la dirigencia nunca sembró.
Contratar a un técnico reconocido sin reconstruir el sistema puede mejorar temporalmente el discurso, pero no modifica la raíz del problema. El entrenador dirige lo que recibe. Si detrás de la selección mayor no existe una cadena organizada de formación, su trabajo será administrar carencias y escoger entre opciones insuficientes.
La FPF debe presentar un plan nacional de desarrollo con presupuesto, responsables, indicadores, auditoría y plazos públicos. No basta con anunciar academias, organizar visorías ocasionales o presentar documentos destinados a permanecer archivados. Cada región debe contar con centros de formación, competencias sostenidas y mecanismos transparentes para detectar talentos.
La reforma debe abarcar todo el ecosistema: menores, formadores, entrenadores, preparadores físicos, psicólogos deportivos, nutricionistas, médicos deportólogos, árbitros, dirigentes, administradores, especialistas en marketing y analistas de rendimiento. Todos deben recibir preparación profesional y capacitación permanente bajo estándares internacionales.
También se necesitan infraestructura, tecnología, datos, presupuestos fiscalizados y ligas juveniles articuladas. No se trata solamente de producir jugadores; se trata de refundar una estructura obsoleta y construir una verdadera industria del fútbol. Haber jugado profesionalmente no convierte automáticamente a una persona en formador, entrenador o dirigente competente. La experiencia de campo es valiosa, pero debe complementarse con estudio, especialización, actualización y rendición de cuentas.
Cada amistoso debería tener objetivos publicados: cuántos jóvenes serán evaluados, qué aspectos tácticos se trabajarán y cómo se integra el encuentro al plan de 2030. Si solo responde a razones comerciales, la ciudadanía también tiene derecho a conocer cuánto ingresa, cómo se distribuye y qué porcentaje se destina al fútbol de menores.
La Caja Negra no cuestiona nombres ni trayectorias personales; cuestiona una gestión que confunde movimiento con avance. Jugar por cumplir una fecha FIFA, honrar un contrato televisivo o recaudar dinero puede ser administrativamente conveniente, pero resulta deportivamente insuficiente.
La camiseta nacional no debe funcionar como una caja registradora rodeada de discursos sobre renovación. Los ingresos son necesarios, pero deben servir para financiar el futuro, no para ocultar su inexistencia.
Reflexión final
Perú no necesita más amistosos para disimular su falta de rumbo. Necesita un rumbo que justifique cada amistoso. Porque donde no se siembra formación, no se cosechan victorias: solo se venden entradas para contemplar, una vez más, el fracaso organizado de la improvisación. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
