Lima celebró la llegada de Robbie Williams, pero terminó ofreciendo un espectáculo adicional que nadie había comprado: aglomeraciones peligrosas, puentes bloqueados, automóviles atrapados y asistentes trepando el acantilado de la Costa Verde para encontrar una salida. La música sonaba en el Arena 1 mientras, afuera, la improvisación dirigía su propio concierto. Felizmente, no hubo una desgracia mayor; lamentablemente, ese alivio podría convertirse en la excusa perfecta para olvidar nuevamente el problema.
Lo ocurrido expuso la falta de previsión de los organizadores y la débil fiscalización de las autoridades distritales y metropolitanas. Ahora todos reparten responsabilidades con admirable velocidad. Para evacuar multitudes no hubo coordinación; para evacuar culpas, en cambio, sobran rutas perfectamente señalizadas.
Según documentos de la Contraloría y la Marina de Guerra citados por Perú21, recintos como Arena 1 y Costa 21 llevan años funcionando al pie del mar, sobre un terreno declarado inestable y sin rutas de evacuación adecuadas. Si esas advertencias se conocían, resulta legítimo preguntar por qué se permitió mantener espectáculos multitudinarios en condiciones cuestionadas. La seguridad no puede depender de que el público tenga suerte, resistencia física o habilidades para escalar acantilados.
La clausura del local y la cancelación del segundo concierto constituyen una reacción, no una política preventiva. La Municipalidad de Lima acusó a la comuna de San Miguel de perjudicar la imagen de la ciudad. Curioso diagnóstico: aparentemente, el problema no serían el caos y el riesgo, sino que alguien haya reparado en ellos.
Lima necesita desde hace años un recinto moderno para eventos masivos, con accesos suficientes, transporte articulado, señalización, rutas de evacuación y planes de emergencia verificables. La capital se ha convertido en una escala atractiva para destacados artistas y pronto recibirá nuevas convocatorias multitudinarias. Sin infraestructura segura, cada concierto será una apuesta donde el premio consiste en regresar ileso a casa.
No corresponde enfrentar la cultura ni castigar a los aficionados. Corresponde exigir organizadores responsables, autorizaciones transparentes y autoridades capaces de fiscalizar antes de que aparezcan las ambulancias. El entretenimiento también debe respetar la vida, el orden urbano y los derechos del público.
Reflexión final
Una ciudad seria no espera muertos para corregir una salida de emergencia. Si después de cada caos solamente llegan clausuras, comunicados y acusaciones cruzadas, Lima seguirá bailando peligrosamente sobre su propia negligencia. La próxima canción podría terminar en una tragedia causada por la imprevisión, no. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
