En el Perú se celebra cada nuevo emprendimiento como una victoria, aunque demasiadas veces nazca del desempleo, la necesidad o la ausencia de mejores oportunidades. Entre abril y junio de 2026 se crearon o reactivaron 89.846 empresas, pero otras 62.835 cesaron sus actividades. Las altas aumentaron apenas 1,3% frente al mismo periodo de 2025; las bajas, en cambio, crecieron 8,1%. El entusiasmo abre negocios; la realidad económica se encarga de seleccionar quiénes sobreviven.
Las cifras exigen una precisión: un alta puede corresponder a una reactivación y una baja no significa necesariamente una quiebra. Sin embargo, la tendencia revela una fragilidad inocultable. Mientras el discurso oficial exhibe aperturas como trofeos, miles de empresarios dejan de operar sin ceremonia, acompañados por deudas, inversiones perdidas y empleos que desaparecen silenciosamente.
El problema no es la falta de iniciativa. Al cierre del segundo trimestre existían aproximadamente 3,37 millones de empresas activas. El verdadero déficit está en las condiciones para sostenerlas. Abrir un negocio puede tomar pocos días; mantenerlo exige crédito accesible, seguridad, estabilidad normativa, tecnología, mercados y consumidores con capacidad adquisitiva.
Para muchos pequeños empresarios, el financiamiento formal continúa siendo caro o difícil de obtener. A ello se suman trámites dispersos, impuestos poco amigables durante las primeras etapas, competencia informal y una delincuencia que ha convertido el cobro de cupos en otro costo operativo. El emprendedor debe pagar alquiler, planilla, proveedores y tributos; en algunas zonas también debe presupuestar rejas, cámaras o amenazas. Después, las autoridades le recomiendan innovar.
La tecnología y la inteligencia artificial pueden elevar la productividad, pero no hacen milagros. Digitalizar un negocio sin capital, conectividad, capacitación ni seguridad equivale a modernizar la caja registradora de un local que quizá mañana no abra. Expandirse hacia otras ciudades o mercados internacionales tampoco depende únicamente de entusiasmo: requiere logística, asesoría, redes comerciales y reglas previsibles.
El Estado suele admirar al emprendedor desde el podio y abandonarlo detrás del mostrador. Le aplaude cuando obtiene un RUC, pero pocas veces pregunta por qué lo cancela.
El Perú no necesita solamente más empresas inscritas, sino negocios capaces de superar sus primeros años, contratar formalmente y aumentar su productividad. Eso demanda crédito competitivo, simplificación real, asistencia técnica, infraestructura digital y protección efectiva contra la extorsión.
Reflexión final
Emprender no debería ser una carrera de resistencia contra el propio país. Una economía que celebra 89 mil altas mientras normaliza más de 62 mil ceses confunde movimiento con progreso. El éxito no consiste en abrir puertas cada trimestre, sino en impedir que miles tengan que cerrarlas. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
