El fútbol peruano vuelve a mirar hacia el Mundial 2030 como quien contempla una cosecha sin haber sembrado. Después de fracasar en las últimas eliminatorias, la respuesta institucional parece reducirse a contratar otro entrenador, programar amistosos y ensayar convocatorias. Sin embargo, ningún discurso puede ocultar lo esencial: Perú carece actualmente de una base competitiva, un recambio generacional consolidado y una estructura capaz de producir futbolistas para la alta exigencia internacional.
Clasificar no depende de la fe ni de una buena racha. Depende de un sistema. Y el sistema peruano lleva años funcionando como una fábrica de excusas.
Varios jugadores de la selección cumplieron su ciclo o llegarán al próximo proceso con mayor desgaste. La experiencia todavía puede aportar liderazgo, pero no debe convertirse en un estacionamiento que impida la renovación. El problema es que detrás tampoco aparece una generación preparada para asumir el relevo.
Las selecciones menores acumulan derrotas y goleadas, no porque los jóvenes carezcan necesariamente de talento, sino porque llegan a competir con profundas brechas técnicas, físicas, nutricionales y psicológicas. Perú intenta corregir a los 16 años lo que no enseñó desde los seis. Es como enviar a un estudiante a la universidad sin haberle garantizado una educación primaria adecuada.
La Liga 1 tampoco funciona como plataforma de desarrollo. Los clubes contratan para resolver el siguiente domingo, cambian entrenadores por resultados inmediatos y conceden pocas oportunidades sostenidas a los jóvenes. La cantera aparece en los discursos, pero desaparece cuando comienza la presión por ganar. Después, cuando la selección necesita reemplazos, se busca apresuradamente a futbolistas con ascendencia peruana en el exterior. Esa captación es válida, pero jamás sustituirá la responsabilidad de formar jugadores dentro del país.
Mano Menezes —o cualquier entrenador— puede ordenar líneas, mejorar movimientos y establecer una metodología. Lo que no puede hacer es crear jerarquía por decreto. Contratar un técnico reconocido sin reconstruir la base equivale a instalar un moderno sistema de navegación en un vehículo sin motor.
La FPF necesita abandonar la administración de la coyuntura y presentar un plan nacional, una hoja de ruta pública hacia 2030 y 2050: formación infantil, captación en las regiones, infraestructura, tecnología, nutrición, medicina deportiva, psicología, entrenadores acreditados y competiciones juveniles exigentes. Cada objetivo debe tener plazos, responsables e indicadores verificables.
Perú no necesita más promesas mundialistas, sino una reforma integral. Clasificar a 2030 sería posible únicamente si el país comienza ahora a formar, profesionalizar y competir con seriedad. De lo contrario, las Eliminatorias volverán a convertirse en una larga ceremonia de frustración.
Reflexión final
El Mundial no premia la nostalgia ni los discursos: premia el trabajo acumulado. Mientras otros países siembran jugadores, identidad y organización, el Perú continúa sembrando improvisación. Y quien siembra improvisación no cosecha clasificaciones; cosecha derrotas con fecha anunciada. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
