Diciembre podría traer algo más que celebraciones: El Niño alcanzaría su máxima intensidad y podría convertirse en uno de los episodios más fuertes desde 1950, según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), agencia especializada de la ONU. La advertencia exige atención mundial. El océano acumula calor; los gobiernos deberían acumular preparación. Aunque a menudo resulta más sencillo organizar una conferencia que reducir una vulnerabilidad.
El pronóstico proyecta una anomalía de aproximadamente 3,7 °C en la temperatura superficial del Pacífico ecuatorial central y oriental para octubre-diciembre. De confirmarse, superaría el valor de 2,6 °C registrado durante el episodio de 2015-2016. Son temperaturas del mar respecto de su promedio, no grados que subirán automáticamente en cada ciudad. La precisión importa: informar con rigor también significa evitar que una alerta se convierta en espectáculo.
La OMM estima una probabilidad cercana al 100 % de que el fenómeno persista hasta febrero de 2027. Su intensificación favorecería temperaturas superiores al promedio en amplias regiones y cambios en las precipitaciones, con mayores riesgos de sequías e inundaciones. El calendario ofrece tiempo para actuar, aunque parece que la prevención necesita primero una emergencia que la vuelva fotogénica.
El problema trasciende los termómetros. Una sequía puede comprometer cultivos y abastecimiento; una inundación puede interrumpir caminos, destruir viviendas y parar servicios. Cada riesgo exige decisiones concretas sobre agua, infraestructura, agricultura y protección de comunidades. Ningún comunicado impermeabiliza una casa ni garantiza una cosecha.
Tampoco corresponde anunciar idénticas consecuencias para todos los países. La OMM advierte que sus perspectivas globales no reemplazan los pronósticos nacionales y locales. En el Perú, las medidas deben responder a información técnica actualizada y a las condiciones de cada territorio. La incertidumbre exige seguimiento; utilizarla como excusa para esperar sería una cómoda interpretación administrativa.
La alerta de la ONU debe traducirse en preparación verificable: servicios operativos, infraestructura evaluada, protección de fuentes de agua y mecanismos de respuesta. También en presupuestos transparentes y responsables identificados. Anunciar recursos resulta fácil; demostrar que protegen a la población exige gestión.
Si diciembre concentra la máxima intensidad prevista, las decisiones cruciales deben tomarse antes. Cuando llega el daño, la prevención ya perdió su oportunidad.
Reflexión final
El pronóstico puede cambiar y debe actualizarse. La obligación de prepararse permanece. Si los gobiernos conocen la amenaza, ¿con qué argumento presentarán después las pérdidas evitables como una sorpresa? El océano no rinde cuentas; las autoridades sí deben hacerlo. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
