Extorsión en el Perú: trabajar bajo amenaza, ¿y dónde está el Estado?

Trabajar bajo amenaza es una forma de perder la libertad. El comerciante que teme abrir su tienda, el transportista intimidado y el emprendedor obligado a considerar un pago criminal necesitan protección, no otra declaración de firmeza. El Estado debe responder por esa seguridad. Porque anunciar una lucha frontal resulta sencillo; conseguir que alguien trabaje sin miedo exige bastante más que un micrófono.

La extorsión busca convertir el esfuerzo ajeno en una renta criminal. Cada pago impuesto arrebata recursos destinados a alimentos, salarios, estudios o reinversión. No es un costo del negocio ni una dificultad que el empresario deba aprender a manejar. Es una amenaza que corresponde prevenir, investigar y sancionar. Normalizarla sería aceptar que el delincuente decide quién puede trabajar.

La primera pregunta para las autoridades es incómoda: ¿qué ocurre después de denunciar? Pedir confianza sin ofrecer protección concreta equivale a exigir valentía desde la comodidad de un escritorio. La víctima necesita confidencialidad, evaluación del riesgo, orientación y seguimiento. Recibir documentos no significa haber neutralizado la amenaza. El expediente puede estar correctamente registrado mientras la persona continúa expuesta.

Tampoco basta exhibir capturas. Debe investigarse quién organiza las amenazas, quién cobra, dónde termina el dinero y qué conexiones permiten sostener la operación. Detener a un participante sin desarticular la estructura puede dejar disponible su puesto para el siguiente. La seguridad exige resultados duraderos; la propaganda se conforma con material para el noticiero.

Policía, Fiscalía y justicia tienen responsabilidades distintas que deben funcionar de manera coordinada. Sus dificultades administrativas no pueden convertirse en una tarea adicional para el amenazado. Quien teme por su familia no tiene por qué recorrer oficinas para descubrir dónde empieza la responsabilidad de cada institución.

También corresponde investigar posibles filtraciones o protecciones indebidas cuando existan indicios. La confianza se construye asegurando que denunciar no incremente el peligro. Invitar a hablar mientras se descuida la información del denunciante sería una contradicción intolerable.

La respuesta requiere investigación criminal y financiera, protección oportuna y seguimiento de los casos. Las autoridades deben mostrar cómo sus intervenciones impiden nuevas amenazas y debilitan las redes, no únicamente cuántas diligencias realizaron.

Comerciantes, transportistas y emprendedores merecen respaldo efectivo. Pedirles resistencia sin reducir su exposición al crimen traslada a las víctimas una obligación estatal.

Reflexión final
Cada negocio que cierra por miedo representa ingresos perdidos, empleos amenazados y una libertad que retrocede. Trabajar no debería exigir negociar con quien amenaza con quitar una vida. Si el extorsionador impone condiciones, el Estado debe demostrar que puede impedirlo. Las condolencias llegan demasiado tarde para llamarlas política de seguridad. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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