Cambiar de entrenador no limpia errores de decisión y gestión

Despedir al entrenador no debería servir para absolver a quienes lo contrataron. Cuando un club fracasa, la evaluación debe alcanzar al presidente, al gerente deportivo y a quienes aprobaron el presupuesto y el plantel. Concentrar las consecuencias en el banquillo permite anunciar una corrección sin revisar cómo se construyó el problema. Sale el técnico, llega otro discurso y la gestión continúa fuera del examen.

Un entrenador responde por su trabajo: preparación, decisiones tácticas, conducción y rendimiento. Pero alguien eligió su perfil, negoció sus condiciones y definió los recursos disponibles. Si esas decisiones fueron equivocadas, la responsabilidad también pertenece al escritorio. La autoridad para contratar debe acompañarse de la obligación de explicar.

Antes de anunciar un reemplazo, corresponde responder preguntas concretas: ¿el plantel fue diseñado según una idea deportiva?, ¿existía presupuesto para los refuerzos prometidos?, ¿quién evaluó sus características?, ¿se contrataron jugadores compatibles con el técnico? Exigir resultados sin revisar esas condiciones convierte la evaluación en un procedimiento incompleto y convenientemente selectivo.

También debe examinarse el uso de la palabra «proceso». Un proceso obedece a un plan: objetivos, recursos, etapas y criterios de seguimiento. Sin ellos, pedir paciencia equivale a solicitar tiempo sin explicar para qué. Y cambiar al entrenador ante cada dificultad revela que la continuidad anunciada quizá nunca tuvo respaldo institucional.

Las contrataciones y rescisiones tienen costos. Indemnizaciones, nuevos comandos técnicos y cambios de plantel pueden comprometer recursos destinados a otras necesidades. Presentar cada desembolso como una solución exige demostrar qué falló y por qué la siguiente decisión será mejor. La urgencia no elimina la obligación de calcular.

Presidentes y gerentes deben ser evaluados con indicadores y consecuencias. Si acumulan errores de selección, incumplen objetivos o deterioran la estabilidad económica, su continuidad también debe discutirse. Haber firmado el contrato del entrenador no concede inmunidad frente al fracaso compartido.

La exigencia alcanza al vínculo con hinchas y patrocinadores. Ambos sostienen al club y merecen explicaciones que superen la conferencia de presentación. Cambiar un rostro puede renovar expectativas; conservar los mismos procedimientos reproduce los riesgos.

Los clubes necesitan evaluaciones integrales, responsables, identificadas y decisiones sustentadas. Cuando la mala gestión se acredita, corresponde corregir procedimientos y revisar cargos. Despedir únicamente al entrenador puede ser necesario, pero resulta insuficiente si deja intactas las causas institucionales.

Reflexión final
El dirigente no juega el partido, pero decide buena parte de sus condiciones. Por eso también debe responder por el resultado de su gestión. Un club no se reconstruye convirtiendo al técnico en responsable universal. La rendición de cuentas empieza cuando quienes tienen poder para despedir aceptan que también pueden perder su puesto. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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