A los 50 años, Luis de la Fuente perdió su trabajo. Quince años después, recibió en Londres el Trofeo Johan Cruyff al mejor entrenador, tras conducir a España al título mundial de 2026. Entre ambos momentos existe una historia que cuestiona los prejuicios sobre la edad y el éxito profesional. Un despido puede cerrar una etapa sin determinar cuánto talento queda por desarrollar.
En octubre de 2011, el Deportivo Alavés terminó su relación con el técnico. Después llegaron aproximadamente dieciocho meses de desempleo, incertidumbre y preocupaciones económicas. Durante ese periodo continuó formándose, observando entrenamientos y estudiando fútbol. El apoyo de su entorno también fue importante para atravesar una situación que amenazaba su continuidad profesional.
La oportunidad apareció en 2013, cuando se incorporó a las categorías inferiores de la Federación Española. Allí encontró un espacio para trabajar con jóvenes y construir relaciones que posteriormente resultarían valiosas. Su recuperación profesional tuvo dos componentes inseparables: la preparación que mantuvo y una institución dispuesta a darle una nueva responsabilidad.
Esa combinación merece atención. Las historias de superación suelen concentrarse en la voluntad individual y dejar en segundo plano las oportunidades. Persistir ayuda, pero alguien debe abrir una puerta. En el deporte y en cualquier organización, descartar profesionales por su edad puede significar desperdiciar experiencia, conocimiento y capacidad de adaptación.
Su trayectoria también interpela a las dirigencias que confunden resultados inmediatos con evaluaciones definitivas. Un entrenador necesita responder por su desempeño, pero una contratación fallida o un proyecto interrumpido no describen toda su capacidad. Evaluar exige considerar recursos, contexto y posibilidades de aprendizaje.
El reconocimiento de 2026 llegó después de conquistar con España la Nations League de 2023, la Eurocopa de 2024 y el Mundial. Al recibirlo, agradeció a jugadores, cuerpo técnico, federación y familia. Ese gesto devuelve al premio individual su dimensión colectiva.
Para el Perú, esta historia plantea una responsabilidad concreta: valorar a los profesionales por sus competencias y disposición para actualizarse. La experiencia puede aportar criterio, serenidad y perspectiva cuando encuentra condiciones para seguir creciendo. Las segundas oportunidades también benefician a quienes las ofrecen.
Reflexión final
La vida profesional no termina a los 50. Tampoco necesita un premio mundial para demostrar su valor. De la Fuente recuerda que perder un puesto no equivale a perder la capacidad de contribuir. Reconocerlo puede cambiar el futuro de alguien que todavía tiene mucho por enseñar. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
