Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Alguna vez el fútbol fue sagrado. Fue rebelde, fue del pueblo, fue pasión sin permisos ni pasaportes diplomáticos. Pero en el Mundial de Clubes 2025, el balón ya no rueda: desfila. La Juventus, uno de los grandes de Europa, no visitó a un presidente, sino que fue desfilada hasta la Casa Blanca como un souvenir más en la vitrina de propaganda de Donald Trump. Y ahí, entre banderas y aplausos forzados, el fútbol perdió otra batalla frente al poder. Con la venia de Gianni Infantino, el hombre que no solo convirtió el fútbol en una feria de millones, sino ahora también en una oficina de relaciones públicas al servicio del poder político. Lo que vimos no fue un homenaje al deporte, fue la ceremonia de su rendición.
Tim Weah, delantero de la Juventus e hijo del expresidente liberiano George Weah, fue claro como pocos se atreven: “Nos dijeron que teníamos que ir. No tuvimos elección”. ¿A qué tipo de espectáculo hemos llegado si un jugador de élite debe presentarse como invitado sin voz a una ceremonia política sin contexto ni deseo?. ¿Desde cuándo la planificación táctica de un partido incluye reuniones protocolares con líderes políticos polarizantes?.
Pero no, no fue solo una visita de cortesía. Fue un acto político cuidadosamente envuelto en cinta deportiva. Trump volvió a la presidencia en medio de tensiones migratorias y polarización social, pero en lugar de reunirse con líderes sociales o defensores de derechos humanos, recibe a jugadores de fútbol. Porque la foto con la Juventus vale más que cualquier pronunciamiento sobre justicia social. Y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, estuvo ahí, feliz, saludando y declarando que “todo fluye sin problemas”. Claro, si por “flujo” entendemos la obediencia institucional, la falta de cuestionamiento ético y la comodidad de someter el deporte a una narrativa política global.
¿Dónde está la FIFA que defendía que el fútbol debía estar libre de injerencias?. ¿Dónde quedó la supuesta neutralidad que tanto pregonan cuando se trata de prohibir expresiones sociales o mensajes de apoyo a causas justas dentro del campo?. Hoy, sin embargo, Infantino convierte el torneo en un set de campaña, donde los equipos juegan entre embajadas y se alinean en conferencias de prensa con contenido político más explícito que cualquier editorial de televisión.
Lo más alarmante es que esto no es una anécdota. Es parte de una tendencia global de politización del fútbol disfrazada de globalización deportiva. Y el Mundial de Clubes en Estados Unidos es el laboratorio perfecto: alta inversión, control de imagen, blanqueamiento político y un espectáculo hecho a la medida de los intereses del poder de turno.
Obligar a un equipo de fútbol a visitar a un jefe de Estado en pleno torneo no es diplomacia, es presión institucional. Y si eso ocurre con el aval de la FIFA, entonces es una señal gravísima de hasta qué punto Infantino ha hipotecado el alma del fútbol. Porque sí, Gianni: podrás llenar estadios con drones, repartir premios millonarios y sonreír junto a líderes mundiales, pero si para lograrlo tienes que sacrificar la independencia del deporte y convertir a los jugadores en figuritas de campaña, entonces no estás haciendo historia: estás cometiendo una traición.
Reflexión final
El fútbol no puede estar al servicio de ningún presidente, de ningún partido ni de ningún poder político. El fútbol es del pueblo. Es la última religión laica que nos queda, y si la convertimos en herramienta de propaganda, la matamos. Ya bastante daño ha hecho Infantino transformando el espíritu del juego en una franquicia con código QR. Lo que ocurrió con la Juventus y Trump no es un gesto menor: es una alerta roja. Porque el día que el fútbol se sienta cómodo entre discursos políticos, habrá dejado de ser fútbol. Y será apenas otro peón más en el tablero del poder.
