Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Decían que el fútbol era un lenguaje universal. Que un Mundial reunía culturas, naciones y pasiones sin importar la geografía o la ideología. Que la pelota no se mancha. Pero llegó el 2025 para demostrarnos que sí: la pelota también necesita pasaporte. Y visa. Y aprobación presidencial. Especialmente si se va a jugar en casa de Donald Trump y bajo la bendición diplomática de Gianni Infantino, el eterno CEO de la FIFA y actual maestro de ceremonias del Mundial 2026. El problema tiene nombre y apellido: Irán está clasificado, pero sus ciudadanos no pueden entrar a Estados Unidos. Y la FIFA, lejos de defender la esencia del fútbol, está más preocupada en no incomodar al dueño del circo.
Sí, leyeron bien: la selección iraní ya está clasificada al Mundial 2026, pero la legislación estadounidense impide el ingreso de ciudadanos de ciertos países como Irán, debido a políticas migratorias aún vigentes desde el primer mandato de Trump. Y aunque hay «excepciones diplomáticas», el solo hecho de tener que negociar la entrada de futbolistas, técnicos y familiares al país anfitrión es una derrota monumental para los que creían en un fútbol sin fronteras.
¿Qué propone la FIFA? En vez de resolver el problema con firmeza institucional y una posición ética clara, planea encerrar a Irán en México, meterlo al Grupo A como castigo anticipado, y esperar que no avance más allá de octavos. Porque claro, si el equipo persa clasifica a cuartos, ya no hay excusas: tendría que pisar suelo estadounidense. Y eso, en tiempos de campaña electoral de Trump, es tan peligroso como llevar petróleo a una fogata.
El asunto revela mucho más que un problema logístico. Revela una FIFA débil, sumisa, incapaz de ponerle límites al poder político. Y también confirma que la elección de Estados Unidos como anfitrión no fue por amor al deporte, sino por los millones que genera su mercado. Mientras tanto, el fútbol pierde soberanía, el calendario se acomoda según la geopolítica, y el espectáculo se diseña como una serie de Netflix: todo está guionado para evitar tensión… aunque eso implique humillar a una selección entera por el simple hecho de existir.
Y lo más escandaloso: Infantino no ha dicho ni una palabra. Ni un comunicado, ni una aclaración, ni una declaración a la prensa. ¿Será que está esperando instrucciones de Washington? ¿O simplemente prefiere no aguar la fiesta con debates incómodos? El mismo dirigente que juró refundar la FIFA tras el FIFAGate hoy parece más preocupado en evitar roces con el poder que en defender el deporte.
El Mundial 2026, que debería ser un símbolo de inclusión y diversidad, se perfila como una farsa política donde algunas selecciones valen más que otras y donde el fixture se diseña no por méritos deportivos, sino por conveniencias diplomáticas. ¿Qué sigue? ¿Un sorteo con previa aprobación de embajadas? ¿Un comité de seguridad nacional para revisar convocatorias?
La FIFA está normalizando lo inaceptable: que una selección clasificada deba adaptarse a los caprichos migratorios del país anfitrión, que se organice el evento más global del planeta sin garantías básicas de igualdad y que la política vuelva a imponer sus fronteras sobre el juego.
Reflexión final
Mientras Trump decide quién entra y quién no, y mientras Infantino guarda silencio como si el fútbol fuera una empresa sin alma, los hinchas seguimos creyendo que el Mundial es un lugar de encuentro, no de exclusión. Pero esta vez, la pelota no rueda libre: rueda vigilada, documentada y condicionada por pasaportes.
Irán será el primero, pero no será el último. Porque hoy fue un veto migratorio, mañana será una guerra, una sanción o una elección. Y si la FIFA sigue doblando la rodilla, lo que tendremos en 2026 no será una Copa del Mundo, sino una gala de hipocresía diplomática, transmitida en HD y patrocinada por el miedo.
La pelota, amigos, también necesita visa.
