Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra.
En el Perú de 2025, mientras el país se hunde entre el crimen, la informalidad desbordada y un Estado en ruinas, la presidenta Dina Boluarte suma una nueva joya a su colección: ahora es investigada por presunto financiamiento ilegal en su campaña del 2021. Sí, la misma campaña en la que se paseaba con tambores y sonrisas, prometiendo un país distinto. Lo fue: más corrupto, más impune, más caótico.
Esta vez, ni siquiera el Congreso podrá meter las manos para blindarla. La Fiscalía ha abierto una investigación preliminar porque Boluarte, según se sospecha, recibió S/150 mil de un empresario para financiar una “batucada”. En otras palabras, el gobierno actual nació al ritmo de la percusión… pero del dinero en efectivo.
La historia es absurda, pero real. En mayo del 2021, según la Fiscalía, Dina Boluarte habría recibido S/150 mil del empresario Eduvigis Beltrán. La entrega se habría acordado durante un almuerzo —porque, claro, aquí la política se cocina en restaurantes, no en instituciones—. El dinero, dice la investigación, sirvió para pagar músicos que acompañaran sus mítines.
¿Batucada o lavado? Esa es la pregunta. Porque el problema no es solo el dinero, sino su procedencia, el silencio, la opacidad, la falta total de transparencia. Y aunque la presidenta jura que no sabe nada —como con los Rolex, las joyas, la cirugía facial, los viajes, las muertes en protestas—, ya nadie le cree.
Esta investigación no necesita el permiso del Congreso. ¿Por qué? Porque los hechos ocurrieron antes de que asumiera el poder. Es decir, por una vez, el Parlamento no podrá usar su blindaje de siempre. Y eso duele, porque si hay algo que hace bien el Congreso es proteger al poder, nunca al país.
Lo trágico es que esta nueva carpeta fiscal llega en medio de un Perú que se cae a pedazos. Mineros ilegales paralizan regiones, las mafias controlan territorios, los feminicidios continúan, los hospitales colapsan. Y mientras tanto, tenemos una presidenta que gobierna a la defensiva, sin legitimidad, sin norte, solo apostando a llegar viva al 28 de julio de 2026.
Pero, ¿cómo llegó al poder alguien así? ¿Cómo lo permitimos? Porque el Perú no está solo gobernado por Dina. Está también gobernado por el silencio cómplice del Congreso, por los partidos sin alma, por la ceguera institucional y por una ciudadanía fatigada.
Dina Boluarte es hoy la presidenta más cuestionada del Perú democrático. Y eso no es poca cosa. Con una aprobación del 2%, sin partidos reales que la respalden, con varias investigaciones en camino y una crisis nacional en cada rincón, su permanencia en el poder es simplemente una tragicomedia prolongada por la inercia política y el cálculo electoral.
Esta investigación es solo una más. Pero marca una diferencia: por primera vez, no hay Congreso que la salve. No porque haya justicia, sino porque esta vez no pueden. El blindaje tiene fecha de caducidad. Y la justicia, aunque lenta, sigue tocando la puerta.
Reflexión final
La corrupción en el Perú no es una excepción: es el sistema operativo. Hoy lo dirige una presidenta acorralada, sin respaldo, que trata de sobrevivir mientras el país se incendia. Y aunque los tamborazos de su campaña ya suenan lejanos, el eco del dinero sospechoso sigue retumbando en cada decisión, en cada silencio, en cada crisis que se agrava.
El país no necesita más batucadas. Necesita justicia, memoria y coraje para no repetir esta historia. Porque no fue un accidente. Fue una estafa con instrumentos de percusión.
