El Perú no está en crisis: está desahuciado. A nueve meses de las elecciones generales, la principal certeza que recoge la ciudadanía no es sobre quién será el próximo presidente, sino que no hay nadie en quien confiar. La última encuesta nacional de Ipsos para Perú21 (julio 2025) lo deja claro: el 50% de los electores no encuentra una sola opción política que lo convenza. Mientras tanto, en las alturas del poder, se sobrevive en modo zombi: una presidenta con apenas 3% de aprobación, un Congreso sin legitimidad y una élite política minada por investigaciones, blindajes y un desprecio olímpico por el pueblo que dicen representar.
En las calles, el Estado ha sido reemplazado —sin necesidad de decreto legislativo— por extorsionadores, narcos y mafias de minería ilegal. Y la clase política, en lugar de enfrentar el colapso, mira al techo, en silencio o en campaña. El país va rumbo al abismo, y no hay manos en el timón. Solo una sensación amarga que se multiplica: nadie los representa. Nadie los defiende.
Un país que ya no cree en nadie: Según Ipsos (julio de 2025, muestra nacional urbano-rural, 24 departamentos y Callao, margen de error ±2.8%, 95% de confianza), el 37% de los ciudadanos votaría blanco, viciado o por ninguno si las elecciones fueran mañana. Otro 13% no sabe o no responde. Es decir, la mitad del país ha renunciado a creer. Y cómo no hacerlo, si los últimos cinco presidentes han sido encarcelados, investigados o fugados. La propia mandataria actual, Dina Boluarte, no solo ostenta el título de la presidenta más impopular del mundo, sino también el de una líder que parece más preocupada por sobrevivir políticamente que por gobernar.
En ese contexto, los que encabezan tímidamente las preferencias —Keiko Fujimori (9%), Rafael López Aliaga (7%) y Carlos Álvarez (6%)— parecen más una anécdota estadística que verdaderas alternativas. No hay propuestas. No hay confianza. Solo hay nombres en piloto automático, heredados de campañas anteriores o surgidos del espectáculo.
El verdadero poder: entre la extorsión y la impunidad. Mientras la política se hunde en su propio desprestigio, el verdadero poder en el Perú ha cambiado de manos. Las mafias de extorsión, minería ilegal y narcotráfico ya no operan en la sombra: controlan territorios, imponen leyes, cobran cupos y dictan sentencias. La encuesta lo confirma: el 56% de la población identifica la inseguridad como su principal preocupación, seguida por la corrupción (54%) y el abuso de autoridad (23%). La ciudadanía vive sitiada y desamparada.
Y es en este clima donde ha crecido el deseo por un “líder fuerte”, de “mano dura”, que “ponga orden” (43%, frente al 34% de abril). Un dato que, lejos de sorprender, alarma. Porque esa nostalgia autoritaria suele ser terreno fértil para populismos sin proyecto, sin ley, sin ética. La desesperación democrática puede terminar, otra vez, siendo el camino más corto hacia la autocracia.
Una clase política en ruinas: Ni el Ejecutivo ni el Congreso ofrecen respuestas. Ambos poderes son percibidos como parte del problema, no de la solución. El Congreso, repleto de parlamentarios investigados, blindados, ausentes o en campaña anticipada, ha perdido toda capacidad de representar. Los intentos de reforma, cuando los hay, solo buscan asegurar cuotas de poder, no mejorar la vida de los ciudadanos. La ley, en muchos casos, ha sido reemplazada por el cálculo.
Y mientras tanto, los partidos siguen sumando candidatos con prontuarios más largos que sus planes de gobierno. La política se ha convertido en un reality donde lo que importa es la popularidad instantánea, no la trayectoria ni la decencia. Por eso no sorprende que el 33% de los encuestados valore la experiencia y el conocimiento como criterios para elegir, pero luego encuentre un menú donde escasea justamente eso.
Lo más grave no es la crisis. Es que ya no la sintamos como crisis. Es que la caída se haya convertido en el nuevo estado natural del país. Que vivir con miedo, sin justicia, sin hospitales, sin escuelas, sin liderazgo, parezca lo normal. Que la ausencia del Estado no indigne, sino que simplemente se asuma. Esa es la verdadera derrota de la democracia peruana: cuando el fracaso ya ni duele.
Y lo que debería escandalizar —como el hecho de tener una presidenta con 2% de aprobación, un Congreso con menos de 10% de respaldo, y una justicia cercada por intereses— ya solo provoca resignación o sarcasmo. El país no solo ha perdido fe en la política; ha perdido fe en sí mismo.
Reflexión final: O recuperamos la democracia o no quedará nada que elegir
El próximo proceso electoral no puede ser otro ritual vacío. Si no exigimos una verdadera renovación, si no demandamos partidos con programas, con principios y con gente decente, lo único que elegiremos será la siguiente decepción. Y no será culpa de las encuestas ni de las encuestadoras, sino de un país que renunció a construir opciones.
Hoy, más que nunca, necesitamos ciudadanía. Una ciudadanía que no se conforme con el “menos peor”, que no tolere el blindaje ni la impunidad, que no se deje comprar por bonos ni por slogans. Que vuelva a creer que es posible elegir algo mejor. No perfecto. Solo mejor.
Porque si seguimos dejándolo todo en manos de quienes solo buscan poder sin propósito, un día despertaremos en un país irreconocible, donde las decisiones se tomen en cuevas, no en congresos. Donde el miedo sea la ley. Donde el voto ya no valga nada. Y entonces sí, no habrá encuesta que lo mida.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
