En el Perú ya no se legisla, se improvisa. No se representa al pueblo, se representa un papel. Y el Congreso de la República, esa tragicomedia interminable que debería inspirar leyes, inspira memes, memes y más memes. Esta vez, la protagonista es la congresista Ana Zegarra, quien con dignidad post-factum aceptó que una empresaria le ofreció dinero para su campaña. No se concretó —dice ella—, pero igual mandó su número de cuenta, “por si acaso”. Y mientras tanto, el flamante presidente del Congreso, José Jerí, fue recibido con pifias en el hipódromo de Monterrico, porque hasta los caballos parecen tener más dignidad cívica que varios de nuestros representantes.
Ana Zegarra tardó cinco días en explicar algo que, en política peruana, ya ni sorprende: que una empresaria le ofreció plata para su campaña cuando aún era asesora parlamentaria. Ella “solo coordinaba”, “solo informaba”, “solo aceptó el número de cuenta”. El dinero nunca llegó, aclara con vehemencia, como si enviar datos bancarios a alguien que quiere financiarte la campaña fuera una costumbre piurana.
Pero lo más revelador fue su epifanía moral: “Fue un error”. Y claro, como todo error político en el Perú, solo se reconoce cuando aparece en televisión. La empresaria Blanca Ríos, por su parte, mostró chats, audios, transferencias por Yape, depósitos… hasta cronograma de entrega. Pero no, la congresista afirma que nada se concretó. ¿Debemos creerle?. Solo si también creemos en unicornios éticos con curul.
Zegarra ha aprendido la coreografía del blindaje. Se desvincula del excolaborador Narum Hidalgo, a quien la acusan de recibir coimas. Dice que lo echó “por transparencia”, lo cual en jerga congresal significa: “cuando la cosa huele feo, mejor patearlo por la borda antes que se hunda el barco”. Una decisión conveniente justo un día antes de la elección de la Mesa Directiva.
Y hablando de directivas, el nuevo presidente del Congreso, José Jerí, parece haber recibido el bastón de mando con silbidos incluidos. En plena celebración del Clásico Independencia, la ciudadanía le regaló una ovación invertida. Pifias, abucheos y rechazo ciudadano. Es lo que pasa cuando el Congreso está más cerca del abismo que de la ética.
Jerí niega conocer a Blanca Ríos, aunque ella afirma haberlo visto en la sala de ingreso del Congreso. Allí, supuestamente, le dijo: “Si ya has arreglado esto, no te preocupes, esto va a salir”. Y así, entre pasillos no registrados y promesas sin presupuesto, la historia va tomando forma de libreto cinematográfico: uno donde los protagonistas niegan todo, las pruebas existen, pero la impunidad es la verdadera estrella.
El problema no es solo Zegarra ni Jerí. El problema es un Congreso que ya no distingue entre campaña electoral y gestión pública, entre fondos lícitos y favores privados. Hoy un parlamentario puede tener tres sentencias penales, coordinar apoyos económicos, recibir coimas, y aún así presidir comisiones o ser elegido presidente del Legislativo. Es como si el Código de Ética lo escribiera Netflix.
Ana Zegarra dice que todo fue un malentendido. José Jerí jura que jamás la vio. Hidalgo ya fue despedido. Y el Congreso sigue girando como un carrusel fuera de control. Bancadas enteras se indignan, pero aún no hay moción de censura. Ética está “evaluando”. La Fiscalía investiga, pero sin apuro. Todo está en pausa, excepto la indignación ciudadana.
Mientras tanto, los ciudadanos aplauden a los caballos y abuchean a los congresistas. Porque hasta los animales —al menos— corren en la dirección correcta. En cambio, en el Congreso, corren a blindarse, a negar, a esconder, a justificar.
Reflexión final
No es que el Congreso haya tocado fondo. Es que ya cavó túneles. Y cada escándalo, cada revelación, cada disculpa tardía solo confirma lo mismo: estamos gobernados por personajes que, de tan acostumbrados al fango, ya lo confunden con alfombra roja.
Lo de Zegarra y Jerí no es una excepción. Es el guion habitual. En este circo sin salida, donde la ética es un decorado y la justicia una promesa lejana, los ciudadanos siguen mirando desde las tribunas. Algunos ya no ríen. Otros ya no lloran. Pero todos, inevitablemente, seguimos pagando la entrada.
Edwin gamboa, fundador de la Caja Negra
