“Nunca es tarde” es una muletilla para justificar lo injustificable

“Nunca es tarde”, dicen con voz de redención quienes llegan siempre tarde. Es la frase mágica con la que el poder se lava la cara sin ni siquiera mojarse las manos. En el Perú, se pronuncia con solemnidad después de cada tragedia, cada escándalo, cada abandono institucional. Es el comodín del político lento, el mantra del burócrata dormido y la línea final del comunicado oficial que intenta tapar el incendio con una frase motivacional. Porque aquí, decir “nunca es tarde” no es asumir una responsabilidad: es esconderla bajo una alfombra de cinismo.

Dicen “nunca es tarde” para iniciar la reforma educativa… pero los alumnos siguen estudiando en aulas sin paredes y con libros que no llegan. Es que nunca es tarde… para que los ministros se tomen la foto entregando tablets que llegan cuando el año escolar ya va por el cuarto bimestre. Nunca es tarde para inaugurar colegios sin agua, sin luz y sin docentes. Total, lo importante es el corte de cinta.

En salud pública, la frase se convierte en ofensa. “Nunca es tarde” para mejorar el sistema, proclaman, mientras pacientes hacen colas desde las 3 de la mañana para conseguir una cita. Nunca es tarde para modernizar hospitales, aunque los quirófanos funcionen con equipos de los años 80 y los medicamentos estén siempre “en proceso de adquisición”. Y claro, nunca es tarde para solidarizarse con los deudos… cuando ya hay ataúd y titulares.

En seguridad ciudadana, la frase se repite como placebo. “Nunca es tarde para tomar el control de las calles”, juran los ministros del Interior, mientras los barrios son tomados por extorsionadores, sicarios y mafias que operan a plena luz del día. Nunca es tarde para lanzar operativos, justo después de que la prensa destapa el escándalo. Nunca es tarde para reestructurar la policía, claro… hasta que alguien pregunta por qué siguen ascendiendo los mismos de siempre.

El Congreso tampoco se queda atrás. “Nunca es tarde” para reflexionar sobre sus excesos… después de blindar al tercer colega en el mes. Nunca es tarde para decir que el pueblo “no los comprende”, aunque la ciudadanía los conoce perfectamente: desde sus dietas hasta sus viajes. Nunca es tarde para jurar amor a la patria… justo antes de votar a favor de sus propios intereses. Lo único que siempre es tarde en el Congreso es la decencia.

Y el Ejecutivo, en modo piloto automático, también ha hecho de “nunca es tarde” su eslogan de gestión. Desde Palacio repiten que todo está en marcha: que la reactivación económica está por venir, que la atención al ciudadano se está fortaleciendo, que la confianza se está recuperando. Todo se está. Porque admitir que ya fue sería reconocer que el daño no es solo por inacción… sino por indiferencia.

“Nunca es tarde” se ha convertido en una muletilla para justificar lo injustificable. Es la frase que se usa cuando se ha fallado, pero se quiere parecer comprometido. Cuando no se hizo lo correcto a tiempo, pero se necesita llenar el silencio con algo que suene humano. Es una excusa que busca indulgencia, cuando lo que se necesita es responsabilidad. Y es peligrosa, porque a fuerza de repetirla, normaliza la demora, institucionaliza la lentitud y perpetúa la impunidad.

Reflexión final
Sí, a veces es tarde. Tarde para los que murieron esperando justicia. Tarde para las comunidades que siguen sin agua potable. Tarde para los niños que perdieron años de formación. Tarde para quienes se acostumbraron a vivir con miedo, con rabia, con abandono. En el Perú, decir que “nunca es tarde” sin actuar rápido y con verdad no es esperanza: es burla. Y mientras sigamos celebrando los actos tardíos como si fueran milagros, seguiremos enterrando derechos y aplaudiendo parches.
Porque nunca es tarde para hacer lo correcto… pero ya es hora de que lo hagan a tiempo.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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