Elecciones 2026: ¿Condenados a votar por el “menos malo”?

En tiempos electorales, los peruanos ya no suspiran por la democracia: suspiran… de cansancio. Las elecciones 2026 se asoman como una tormenta que ya nadie quiere anunciar. En lugar de esperanza, generan escalofríos. En lugar de debates, bostezos. Lo que debiera ser una fiesta cívica es hoy una resaca permanente, sin brindis previo.

¿La novedad? Más de lo mismo. Más candidatos con el mismo vacío, más alianzas con la misma incoherencia, más promesas que el viento barre antes de llegar a imprenta. El Perú no se prepara para elegir al mejor. Se resigna, una vez más, a descartar al peor.

Cada nuevo proceso electoral se parece más a un “casting nacional” que a una jornada democrática. La diferencia es que, en este casting, el talento no es requisito, y el libreto nunca cambia. Lo que sí cambia son los disfraces: exalcaldes lavados con cloro político, influencers disfrazados de estadistas, tecnócratas sin pueblo y populistas sin plan.

Los partidos ya no son instituciones: son marcas en busca de dueño. Hay quienes fundan un partido como quien abre un food truck: sin cocina, sin receta, pero con logo y redes sociales. Y luego están las alianzas: pactos de papel que se deshacen con la primera encuesta adversa. En vez de unir ideas, unen desesperaciones.

La improvisación es el nuevo requisito. El “outsider” es más popular que el preparado. Y el eslogan vale más que el currículo. Los ciudadanos no votan con entusiasmo: votan con miedo. Miedo al regreso de lo peor, o a la llegada de algo peor aún. El voto se convierte en un seguro contra incendios: caro, inútil, pero obligatorio.

Los debates, si los hay, son shows de stand-up político. Los planes de gobierno son plantillas genéricas descargadas de Google. Y las encuestas, oráculos que predicen lo que conviene al que las paga. La institucionalidad electoral se tambalea entre desconfianza, tecnicismos legales y una población que ya no cree en nadie, pero igual debe marcar algo.

En este contexto, hablar de renovación suena a chiste cruel. No hay renovación. Hay reciclaje. No hay estadistas. Hay candidatos. Y no hay ciudadanía empoderada. Hay espectadores fatigados que solo buscan sobrevivir al siguiente capítulo.

El Perú no necesita más elecciones. Necesita sentido. Necesita proyectos de país, no promesas de campaña. Necesita liderazgos éticos, no narradores de TikTok. Porque cada elección sin opciones reales es una simulación peligrosa. Y cada cinco años perdidos son generaciones que heredan frustración. Seguimos eligiendo sin elegir. Seguimos votando por el menos malo, como si fuera normal. Como si el mal menor fuera un logro. Y lo peor es que nos lo hemos creído: que no hay más, que no hay mejor, que esto es lo que hay.

Reflexión final
El 2026 no será el año del cambio. Será, probablemente, otro ritual cívico hueco donde fingimos participar mientras el sistema se ríe desde su silla dorada. Pero aún queda una elección pendiente: no en las urnas, sino en la conciencia. Elegir dejar de fingir. Elegir exigir. Elegir romper el molde del “menos malo” y empezar a construir algo mejor, desde abajo, desde adentro, desde el hartazgo.

Porque si seguimos votando sin convicción, gobernarán sin vergüenza. Y si normalizamos la mediocridad, no estamos eligiendo presidente: estamos redactando el epitafio de nuestra propia democracia.

Edwin Gamboa, fundador de La Caja Negra

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