El Perú se encamina a las elecciones generales del 12 de abril de 2026 con una mezcla explosiva de cinismo, resignación y hastío. No hay entusiasmo. No hay propuestas. No hay esperanza. Lo que sí hay es un récord: 13,240 cargos públicos en juego, y ni una sola idea seria en el aire. Lo que debería ser una fiesta democrática se parece más a una tómbola sin premios, donde los boletos están marcados por la corrupción, la desconfianza y el olvido. Y como si eso no bastara, aún tendremos que soportar a Dina Boluarte aferrada a Palacio, sin plan de gobierno, sin liderazgo, sin rumbo, pero con el combustible suficiente para sostener el avión presidencial encendido hasta el último minuto.
Una encuesta para llorar (de risa o de miedo). La última encuesta de Ipsos deja claro que la política peruana está muerta y nadie fue al velorio. El puntero —si se le puede llamar así— es Rafael López Aliaga, con un 11% que en cualquier democracia saludable lo colocaría en la cola. Aquí, lo convierte en “el favorito”. Porque ya ni siquiera se vota con ilusión: se vota con los ojos cerrados y el alma rota.
Le sigue Keiko Fujimori con un 7% que confirma que el apellido aún pesa, aunque esta vez como ancla. Su hermano Kenji —sí, ese— no descarta postular. Porque en el Perú, el “mérito” político consiste en llevar un apellido, salir en televisión o simplemente no estar preso (todavía).
Más abajo, haciendo fila para el circo electoral, están Carlos Álvarez con 5% (¿por qué no?), Mario Vizcarra con 3% (hermano del vacado, por supuesto) y el exrector López Chau, otro 3%. El resto es un festival de nombres reciclados, memes con DNI y frases como “me lanzo si el pueblo me lo pide” (spoiler: el pueblo no lo pidió).
Pero los verdaderos protagonistas de esta encuesta son los ausentes: más del 50% de los ciudadanos no tiene candidato. Ni uno. Porque todos los rostros huelen a lo mismo: oportunismo, improvisación, ego. Votar por alguno de ellos es como elegir qué dedo te vas a cortar.
Y mientras eso ocurre, Dina Boluarte aún ocupa la Casa de Pizarro, en modo piloto automático. Su gobierno ha sido el epítome del desgobierno: compra de aviones, viajes sin resultados, represión sin consecuencias, abandono total del Ministerio Público, y un silencio atroz mientras las mafias extorsionan colegios y la inseguridad se come las ciudades. El próximo gobierno no recibirá un país: recibirá un escombro humeante.
Las elecciones de 2026 no son un punto de inflexión. Son el eco de un sistema agotado. Un reflejo de la democracia zombi en la que vivimos: se mueve, hace ruido, pero está muerta por dentro. Los nombres en la papeleta solo confirman el vacío de propuestas, de ética y de visión de futuro.
Y lo más preocupante no es quién va adelante en la encuesta. Lo realmente alarmante es cuán bajo hemos puesto el listón para aceptar esa candidatura. Aquí ya no gana el mejor. Gana el menos detestado. Y eso, en cualquier país serio, sería una tragedia. En el Perú, es rutina.
Reflexión final
En abril de 2026 no elegiremos al salvador. Elegiremos al que se atreva a reconstruir un país que lleva años siendo saqueado, deformado y abandonado. Pero para eso hace falta más que una campaña: hace falta decencia. Y, hasta ahora, eso no figura en ningún plan de gobierno, ni en ninguna encuesta.
La democracia no muere solo con golpes de Estado. También muere cuando la ciudadanía deja de creer, cuando se resigna a votar por inercia, cuando confunde el cinismo con madurez política. Y si eso no cambia pronto, ni 13,000 cargos ni mil urnas salvarán lo que queda de este naufragio llamado Perú.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
