Cuatro de cada diez niñas en América Latina sufren violencia

En América Latina, ser niña sigue siendo un riesgo. Según datos recientes de UNICEF y la CEPAL, el 40% de las niñas de la región ha sufrido algún tipo de violencia física o sexual antes de cumplir los 18 años. Una cifra que debería estremecer a cualquier sociedad, pero que se repite año tras año con una dolorosa normalidad. En pleno siglo XXI, las niñas más pobres y con menor acceso a educación siguen siendo las más expuestas al abuso, la exclusión y la violación sistemática de sus derechos.

El Día Internacional de la Niña, que busca visibilizar las brechas y desigualdades que aún las afectan, nos recuerda que el problema no es solo la violencia directa, sino la estructura que la permite y la reproduce. Detrás de cada cifra hay una historia de silencio: niñas que callan por miedo, familias que encubren, instituciones que miran a otro lado y Estados que fallan en su deber más básico: proteger. UNICEF advierte que una de cada cinco jóvenes en América Latina se casa siendo menor de edad, lo que perpetúa la pobreza y la dependencia. A esto se suma el abandono escolar, la maternidad forzada y el incremento de infecciones de transmisión sexual como la sífilis y el VIH, fenómenos que golpean especialmente a las adolescentes sin acceso a salud sexual y reproductiva.

En Buenos Aires, los registros de la Unidad Fiscal Especializada en Violencia contra las Mujeres (UFEM) muestran una realidad alarmante: el 87% de las víctimas de violencia familiar y sexual son mujeres, y entre los casos infantiles, más del 70% son niñas. La violencia, por tanto, no es un accidente, sino un sistema que tiene género, edad y rostro.

La psicóloga Sonia Almada lo resume con claridad: la violencia contra las niñas no solo se expresa en los hechos brutales que llegan a los noticieros, sino en las prácticas cotidianas que la sociedad normaliza. La sexualización temprana, los juicios sobre la “madurez” o “provocación” de una niña, y la exposición constante a imágenes dañinas en redes sociales generan heridas invisibles que se arrastran hasta la adultez. La cultura, los medios y la educación tienen responsabilidad en esta violencia simbólica que erosiona la autoestima y la libertad desde la infancia.

Frente a este panorama, la respuesta no puede limitarse a la indignación. Es urgente construir entornos seguros, promover políticas integrales de protección y reformar los sistemas de justicia que aún desconfían de las víctimas más jóvenes. Pero también es fundamental transformar las masculinidades: trabajar con los niños y adolescentes varones para desmantelar la cultura de dominación que sostiene la violencia.

Proteger a las niñas no es solo un deber legal, sino un imperativo moral. Su bienestar define el futuro de nuestras sociedades. Mientras una niña viva con miedo, sin educación o sin derecho a decidir sobre su cuerpo, América Latina seguirá siendo una región en deuda con su humanidad más esencial.

Lo más nuevo

Artículos relacionados