¿Por qué el precio del dólar sigue cayendo en Perú?

El tipo de cambio en Perú lleva una trayectoria descendente desde inicios de 2025—de S/ 3,754 el 2 de enero a la franja de S/ 3,30 en octubre—impulsado por factores globales más que por coyunturas locales. La decisión de la Reserva Federal de reducir su tasa en septiembre bajó el atractivo de los activos en dólares, mientras la política comercial estadounidense busca un dólar más débil para favorecer exportaciones. A esto se suma el repunte del oro como refugio y el dinamismo exportador peruano. Lejos de ser un sobresalto, la depreciación global del dólar abre una ventana para que el empresariado local gane eficiencia, ordene riesgos y comparta beneficios con los consumidores.

Cuando caen los rendimientos de los bonos estadounidenses, capitales internacionales migran hacia activos con mejor retorno: bonos peruanos, renta variable o incluso tenencias en soles. Si el BCR mantiene una tasa competitiva, Perú refuerza su atractivo y aumenta la oferta de dólares, presionando el tipo de cambio a la baja. Este entorno favorece la importación de bienes de capital—maquinaria, tecnología, insumos—y abarata proyectos de modernización que elevan productividad.

La agenda empresarial responsable es clara. Primero, gestión de riesgos: reducir descalces de moneda, prepagar deudas en dólares cuando sea viable, y usar forwards para cubrir obligaciones futuras. Segundo, inversión inteligente: aprovechar el dólar barato para renovar equipos, digitalizar procesos y fortalecer la logística de frío y última milla. Tercero, pass-through con ética: trasladar parte del ahorro cambiario a precios finales, evitando prácticas especulativas que dañen la confianza. Cuarto, inclusión financiera: impulsar créditos en soles para MIPYMES proveedoras y capacitación en coberturas cambiarias, con foco en mujeres emprendedoras y cadenas rurales.

El fortalecimiento del sol también dialoga con la sostenibilidad: contratos justos, cumplimiento tributario, trazabilidad en compras y transparencia en la formación de precios. En un país que busca combatir la indiferencia, la violencia económica y la corrupción, nada construye reputación como gobernanza y rendición de cuentas. La competitividad no es solo costo: es confianza.

Un dólar débil no es un fin, es un medio. Si convertimos el viento de cola global en inversión, formalización y mejores precios, ganan las empresas, ganan los trabajadores y gana el consumidor. El reto es sostener disciplina macro, gestionar riesgos micro y consolidar una cultura empresarial que compita con innovación y actúe con principios. Así, el tipo de cambio deja de ser amenaza y se vuelve palanca para un crecimiento más productivo, inclusivo y ético.

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