La agenda de Gianni Infantino cabe en una consigna: prometer hoy, votar mañana. En Bolivia ofreció un Mundial “de alguna categoría”; en Vietnam, una Academia FIFA con sello internacional; en la ASEAN, una Copa FIFA para la región. Donde aterriza, hay anuncio. Donde hay anuncio, hay capital político. Y donde hay capital político, los proyectos y reformas se aprueban sin despeinar la corbata.
La narrativa es impecable: “desarrollo”, “unidad”, “talento joven”. El método, más simple: multiplicar compromisos blandos que se convierten en lealtades duras en el Congreso FIFA. La academia en Vietnam suena a redención técnica —formar jugadores, entrenadores y directores deportivos—, pero el diablo vive en la letra chica: ¿quién financia, quién evalúa, qué metas y en qué plazos? Sin indicadores públicos, toda “academia” es un discurso con césped ornamental.
La “Copa FIFA ASEAN” replica la lógica del calendario infinito: más torneos, más derechos, más caja. ¿Para quién? Para el ecosistema que factura; para las federaciones con planteles sobrecargados, otro tramo de viajes, logística y lesiones. El argumento de “integración regional” seduce, pero sin gobernanza transparente corre el riesgo de nacer como plataforma de campaña, no como política deportiva sostenible.
Vietnam hace bien en abrir puertas al fútbol; también haría bien en blindarlas con contratos verificables: presupuesto, trazabilidad del gasto, estándares de formación, transferencia real de conocimiento y obligaciones de mantenimiento a cinco y diez años. La región ya conoce la coreografía: promesas rutilantes, inauguraciones fotogénicas y, luego, instalaciones subutilizadas o capturadas por redes clientelares. Si el legado no está atado a metas y sanciones, termina siendo una medalla de prensa.
En paralelo, la gira de anuncios genera un efecto colateral: normaliza que la FIFA sea árbitro, jugador y productor del espectáculo. Ofrece eventos, tutela academias, propone copas y, al mismo tiempo, arbitra la política global del juego. Sin contrapesos, esa concentración de poder convierte las buenas intenciones en moneda de cambio.
Infantino puede entusiasmar con academias y copas; lo que no puede es pedir un cheque en blanco. Si cada promesa es un voto anticipado, el fútbol se reduce a campaña permanente. La modernización sin controles termina en marketing; el desarrollo sin métricas, en maquillaje.
Reflexión final
Cinco candados para separar progreso de propaganda: 1) contratos públicos con metas anuales y auditoría independiente; 2) financiamiento detallado y trazable; 3) currículo y certificación de formadores con evaluación externa; 4) cláusulas de acceso social (becas, cupos femeninos, inclusión territorial); 5) reporte de impacto cada 12 meses con posibilidad de suspender el proyecto. Si la FIFA quiere construir, que empiece por la transparencia. Lo demás es campaña con balón.
