Por El Capibara, periodista silvestre, libre y sin dueño.
No todos los muertos descansan. Algunos regresan porque el presente los llama a gritos. Y el Perú, últimamente, grita demasiado. Esta vez la eternidad me concede una entrevista póstuma con Pinocho, el célebre muñeco cuya nariz se volvió termómetro moral del mundo. Lo convoqué no para nostalgia infantil, sino por utilidad cívica: en el Perú actual, la mentira ya no crece en la cara, crece en el Estado.
El tema no podía ser otro: José Jerí, presidente interino del Perú hasta el 28 de julio de 2026, hombre que llegó con el encargo de conducir una transición y terminó entregando una administración sin plan, sin liderazgo y con la rutina peligrosa de improvisar en medio del incendio. No hay Plan de Gobierno para lo que resta de su mandato. No hay Plan Estratégico Nacional contra la criminalidad. Y como si el vacío de gestión fuera poco, estalló el escándalo: reuniones clandestinas con empresarios chinos, minimización inicial, versiones cambiantes y un desfile de explicaciones que se corrigieron no por convicción, sino por aparición de más videos.
Así que bajé la libreta, levanté la mirada y le pregunté a Pinocho si todavía tiene sentido hablar de mentiras en un país donde el poder miente por deporte y la realidad paga la entrada.
Entrevista exclusiva desde la eternidad
Capibara: Pinocho, se supone que tú eres el ícono mundial de la mentira. ¿Qué sientes cuando ves a José Jerí gobernando el Perú?.
Pinocho: Siento que me han jubilado. Yo mentía y mi nariz crecía. En el Perú, Jerí miente y lo que crece es el descaro. Lo peor es que no se trata de una mentira ingenua o infantil: es la mentira como herramienta para ganar tiempo, cubrirse, aguantar el cargo. Jerí no gobierna: administra su permanencia. Y cuando alguien gobierna solo para durar, la verdad se vuelve estorbo.
Capibara: Vamos a lo concreto. Jerí no tiene Plan de Gobierno hasta el 28 de julio de 2026. ¿Cómo se explica eso?.
Pinocho: Se explica con una palabra que a ti te dolerá y a él le queda cómoda: ociosidad política. No hablo de no hacer nada por pereza doméstica, hablo de la pereza del poder: esa que evita planificar, convocar, liderar, decidir. Un gobierno sin plan no es prudente, es irresponsable. Y Jerí ha convertido la ausencia de rumbo en estilo. La transición, en su manos, no es ruta; es espera.
Capibara: Y sobre seguridad: no hay Plan Estratégico Nacional contra la criminalidad, pero sí hay estados de emergencia repetidos.
Pinocho: Eso es como barrer la casa mientras el techo se cae. Los estados de emergencia, cuando se repiten sin estrategia, se vuelven un gesto automático: sirven para que el gobierno parezca activo, no para que el país esté seguro. Si no hay inteligencia, persecución financiera, control real del territorio y coordinación sostenida, el crimen se adapta. El Estado anuncia, las bandas ejecutan. El ciudadano se encierra. Y el gobierno vuelve a anunciar.
Capibara: El escándalo de las reuniones clandestinas con empresarios chinos: primero minimiza, luego aparece otro video y cambia la versión. ¿Qué lees ahí?
Pinocho: Leo el manual clásico del mentiroso de poder: negar, minimizar, relativizar y, cuando la evidencia gana, reformular. Jerí no explicó: improvisó. No aclaró: acomodó. No asumió: calculó. Y cuando un presidente cambia su historia según lo que aparezca en video, deja de ser un líder y se vuelve un actor reaccionando al guion de otros. En mi caso, al menos la nariz avisaba. En el suyo, el país se entera tarde.
Capibara: Se dice que Jerí es “más mentiroso que Pinocho”. ¿Te ofende o te preocupa?
Pinocho: Me preocupa por el Perú, no por mí. Yo era un muñeco que quería ser niño. Jerí es un presidente que quiere parecer estadista sin ejercer como tal. Mi mentira era un defecto con lección moral. La suya es un método. Y cuando la mentira se vuelve método de gobierno, el Estado se vuelve un teatro donde el público es rehén.
Capibara: Jerí está a punto de ser censurado en el Congreso y el repudio social se extiende. ¿Lo ves caer?.
Pinocho: La censura es el síntoma, no la cura. Si cae, caerá por su propia incapacidad de sostener un mínimo de credibilidad. Pero cuidado: reemplazar a Jerí sin corregir la lógica del poder es como cambiar de máscara en el mismo circo. Hoy el repudio no es solo contra un hombre: es contra una forma de gobernar sin plan, sin verdad y sin coraje.
Capibara: Castillo empezó con la destrucción, Boluarte continuó y ahora Jerí termina el colapso. ¿Son diferentes o son lo mismo?.
Pinocho: Son etapas del mismo deterioro. Cambia el estilo, pero el efecto se parece: debilitamiento institucional, improvisación, discursos vacíos y una ciudadanía más sola. Lo grave es que, con Jerí, el colapso se normaliza. Ya ni siquiera hay escándalo permanente: hay rutina de fracaso. Y eso es peligroso, porque cuando el desastre se vuelve costumbre, la gente baja la guardia.
Capibara: Si pudieras dejarle una frase final al Perú, ¿cuál sería?.
Pinocho: Que desconfíe del poder que solo habla y nunca muestra plan. Que desconfíe del liderazgo que promete sin convocar. Y que recuerde esto: cuando la mentira gobierna, la verdad no desaparece, solo se vuelve más cara. La paga el que se queda sin seguridad, sin salud, sin educación y sin futuro.
Pinocho no vino a competir con Jerí. Vino a confirmar lo que el Perú ya sospecha: que la mentira dejó de ser un tropiezo y se volvió una herramienta política. Jerí llegó para conducir una transición y terminó conduciendo un vacío: sin Plan de Gobierno, sin estrategia nacional contra la criminalidad, con respuestas repetidas que no funcionan y con un escándalo que lo retrata peor que cualquier caricatura.
Y lo más grave no es solo Jerí. Es la secuencia. Castillo, Boluarte y Jerí: distintos rostros, una misma sensación nacional de vergüenza, como si el poder se fabricara con la misma tijera, cortando siempre el mismo patrón: improvisación, desconexión y negación de responsabilidades.
El Perú no necesita un presidente que “aguante”. Necesita uno que trabaje, convoque, decida y diga la verdad aunque cueste. Porque el país ya entendió algo: el tiempo pasa igual, pero el daño se queda.
Me despido desde esta entrevista póstuma con la incomodidad de siempre: en el Perú, la mentira no solo crece, también gobierna. Y cuando gobierna, lo que se encoge no es la nariz: es la esperanza. (Foto: El Reto Histórico. Com)
