Cuando un candidato suelta que “Acuña es el amo, dueño y señor del país”, no está haciendo un chiste: está describiendo —con brutal honestidad— el olor a repartija que impregna la política peruana. La frase de Carlos Álvarez no apunta solo a César Acuña; apunta al sistema que convirtió el poder en un club de socios, donde los ministerios se imaginan como premios y el Estado como caja chica. Y lo peor: ya ni se esfuerzan en disimularlo.
Álvarez no se quedó en la etiqueta. Disparó contra lo que llamó una “componenda” y un “pacto bajo la mesa”, y puso un ejemplo que duele porque es real: suben presupuestos —como el del cáncer—, pero la atención no mejora al mismo ritmo. Es decir, la plata existe, lo que falta es gestión con ética. Y cuando aterriza en EsSalud, la crítica se vuelve retrato: colas indignas, servicios colapsados, pacientes tratados como estorbo, no como ciudadanos con derechos.
Luego viene lo más grave: la denuncia de “mafias” en camas, tomógrafos y corrupción que puede costar vidas. Álvarez lo llama “sicariato” en salud. No es un insulto gratuito: es una metáfora dura para describir una verdad insoportable: cuando la corrupción te niega una prueba o una cama, puede matarte igual que un arma, solo que más lento y sin escándalo.
Pero el escándalo mayor aparece cuando el propio candidato reconoce el mecanismo que explica por qué la política está llena de cuestionados: la “cuota”. Un 20% invitados, un 80% afiliados, y los denunciados “son la cuota”. O sea: no es un accidente, es un sistema. Se negocia el futuro del país como si fuera una lista de invitados a un matrimonio: entra quien tiene carnet, quien pone plata, quien tiene operador, quien trae votos. La meritocracia queda como adorno de discurso.
Y después preguntan por qué el ciudadano no cree. Preguntan por qué hay indecisión. Preguntan por qué la gente se aleja. Es simple: nadie quiere ser gobernado por un reparto, ni por una clase política que se siente intocable.
“Acuña es el amo” funciona como frase porque el Perú ha visto demasiadas veces cómo ciertos nombres sobreviven a todo: a los escándalos, a las crisis, a los fracasos. Cambian los rostros, pero el método se queda: pactos, blindajes, cuotas, impunidad. Y mientras ellos se reparten el poder, el ciudadano se reparte entre el miedo, el hartazgo y la resignación.
Reflexión final
Si de verdad queremos un país distinto, hay que empezar por una regla básica: el Estado no tiene dueños. Y quien se sienta propietario del Perú —sea político, partido o “amo”— debe ser enfrentado con lo único que aún puede romper la cadena: memoria, voto informado y cero tolerancia al cinismo. Porque cuando la política se cree dueña, el ciudadano termina siendo inquilino de su propia patria.
