En simulacro para el Senado solo cinco partidos pasarían la valla

El simulacro para el Senado debería encender todas las alarmas. Que solo cinco partidos pasen hoy la valla no habla de una democracia robusta, sino de una democracia encogida, cansada y peligrosamente secuestrada por las mismas estructuras que llevan años administrando el deterioro nacional. Lo que aparece en la encuesta no es una señal de orden: es la fotografía de un sistema político que ha aprendido a reciclarse sin reformarse, a sobrevivir sin dignificarse y a pedir confianza sin merecerla.

El retorno del Senado fue presentado como un avance institucional, casi como un acto de madurez republicana. Se habló de ponderación, de mejor debate, de una cámara capaz de elevar la calidad de la política. Pero la realidad empieza a mostrar otra cosa: una institución superpoderosa que podría quedar atrapada, desde su nacimiento, por un puñado de partidos expertos no en servir al país, sino en resistir el desgaste, administrar cuotas y ocupar espacios de poder con disciplina casi empresarial.

Que apenas cinco agrupaciones crucen la valla no expresa necesariamente mérito. Expresa, también, el fracaso del sistema para generar renovación verdadera. En el Perú de hoy, los partidos no crecen porque inspiren; muchas veces sobreviven porque tienen maquinaria, clientela, símbolo reconocido o capacidad para moverse en el pantano mejor que los demás. Y cuando la política premia la resistencia al descrédito en lugar de la solvencia moral, lo que se fortalece no es la democracia, sino la resignación.

Allí está el verdadero escándalo. Se está montando una Cámara Alta con amplias prerrogativas, difícil de disolver y con enorme influencia en el destino institucional del país, pero todo indica que podría ser ocupada por fuerzas que no representan precisamente una ruptura con las prácticas que han desprestigiado la vida pública. Es decir: un Senado nuevo para custodiar una política vieja. Un edificio recién pintado con cimientos corroídos.

Y mientras la clase política se acomoda en encuestas, simulacros y porcentajes, el país real sigue hundido en la inseguridad, la informalidad, el abandono estatal y la indignación ciudadana. La gente no vive pendiente de la elegancia constitucional del bicameralismo; vive pendiente de si vuelve viva a su casa, de si encuentra medicinas, de si la extorsionan, de si un funcionario la atiende sin humillarla. Frente a ese país herido, la política responde con otra disputa por el control del tablero.

El simulacro no define la elección, pero sí desnuda una verdad incómoda: el Senado corre el riesgo de nacer con representación limitada, poder ampliado y legitimidad moral disminuida.

Reflexión final
Lo grave no es solo que cinco partidos pasen la valla. Lo grave es que el Perú puede estar a punto de inaugurar una cámara diseñada para elevar la República, pero ocupada por quienes han contribuido a rebajarla. Y cuando el poder se concentra en manos de organizaciones que no han limpiado su propia casa, la democracia deja de ser promesa y empieza a parecerse demasiado a un cerrojo. (Foto: Congreso).

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