Triste historia del electorado peruano en los últimos 25 años

Hablar de la historia del electorado peruano en los últimos 25 años no es revisar únicamente cifras, campañas o resultados. Es mirar, de frente, la larga fractura entre la ciudadanía y la política. En ese periodo, el voto ha seguido siendo la herramienta central de la democracia, pero también se ha convertido en el espejo de una decepción acumulada. El peruano no ha dejado de votar; lo que ha ido perdiendo es la fe en que su voto sirva para corregir el rumbo de un país atrapado entre la improvisación, la corrupción y la distancia cada vez mayor entre gobernantes y gobernados.

En teoría, el voto universal debía consolidar una democracia más representativa. En la práctica, los últimos 25 años muestran algo más áspero: un electorado cada vez más amplio, pero no necesariamente mejor representado. La promesa republicana de que elegir autoridades equivalía a fortalecer la vida pública se fue debilitando conforme los partidos dejaron de ser espacios de identidad y se convirtieron, en muchos casos, en vehículos electorales sin doctrina, sin cuadros y sin compromiso real con el país.

La crisis de representación no apareció de un día para otro. Viene de atrás, pero en este cuarto de siglo se hizo evidente. La caída de los partidos tradicionales, el auge de los outsiders, el voto de protesta y la polarización fueron moldeando un escenario donde el elector ya no vota por convicción, sino muchas veces por rechazo, miedo o resignación. Ese cambio no habla mal del ciudadano; habla mal de una dirigencia que ha hecho méritos suficientes para merecer el descrédito.

El problema se agrava cuando la corrupción deja de ser escándalo y empieza a ser costumbre. Frases como “todos roban” o “roba, pero hace obra” no nacieron por casualidad. Son el resultado de décadas de impunidad, cinismo y deterioro moral en la vida pública. Y cuando esa lógica se instala, el voto deja de premiar proyectos de país para convertirse en una apuesta defensiva, casi de supervivencia, entre opciones que no entusiasman ni representan.

A ello se suma un dato brutal: en solo diez años, el Perú ha tenido ocho presidentes. Esa inestabilidad no solo erosiona la gobernabilidad; también vacía de sentido la voluntad popular. Porque si el ciudadano elige, pero el poder se descompone entre pugnas, vacancias, confrontaciones y cálculos mezquinos, la sensación que queda es devastadora: votar importa menos de lo que debería importar en una democracia seria.

La historia del electorado peruano en los últimos 25 años es, en el fondo, la historia de una ciudadanía que ha seguido cumpliendo con las urnas mientras la política incumplía con la República. Se amplió el derecho, pero no se consolidó la confianza.

Reflexión final
El Perú no solo necesita electores más informados; necesita dirigentes más dignos. Porque el voto puede sostener la democracia en la forma, pero sin ética, representación y credibilidad, esa democracia termina sobreviviendo apenas en el papel.

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