EsSalud: la salud secuestrada por los gobierno de turno

EsSalud no solo arrastra demoras, colas interminables y hospitales desbordados. Arrastra, sobre todo, un modelo de conducción que ha convertido a una institución clave para millones de peruanos en un territorio demasiado expuesto a la improvisación política. Para miles de asegurados, conseguir una cita médica puede tomar meses; acceder a una tomografía, una cirugía o incluso a medicamentos completos puede convertirse en una carrera agotadora contra el tiempo. Y mientras el paciente espera, el sistema sigue funcionando como si la ineficiencia fuera una costumbre tolerable. No lo es. Cuando una institución de salud falla de manera reiterada, no solo se deteriora un servicio: se deteriora el derecho mismo a ser atendido con dignidad.

El debate sobre EsSalud suele centrarse en la falta de recursos, pero ese enfoque, por sí solo, resulta insuficiente. La institución recibe miles de millones de soles cada año provenientes del esfuerzo de trabajadores y empleadores. El problema de fondo no es únicamente cuánto dinero entra, sino cómo se administra, quién toma las decisiones y bajo qué criterios se elige a quienes dirigen el sistema. Allí aparece el núcleo del colapso: la politización de la gestión.

Mientras el Gobierno de turno conserve la facultad dominante de nombrar al presidente ejecutivo, EsSalud seguirá expuesto a la lógica del favor político antes que a la del mérito. Esa práctica no solo rompe la continuidad técnica; también debilita la autoridad institucional, resta peso real al directorio y vuelve frágil cualquier intento serio de reforma. Por eso, la propuesta de que cada miembro del directorio tenga voz y voto efectivo para elegir, vía concurso público, al presidente ejecutivo, representa mucho más que un ajuste administrativo. Es una condición básica para empezar a desatar a EsSalud de la tutela partidaria.

No se trata de un capricho tecnocrático. Se trata de impedir que una institución financiada por trabajadores y empresas sea conducida como una extensión del cálculo político. Si quienes aportan al sistema no tienen una incidencia real en su conducción, el resultado es el que ya conocemos: decisiones alejadas de las necesidades del asegurado, equipos malogrados sin solución oportuna, stock de medicamentos que no se repone a tiempo y hospitales donde la espera parece formar parte del tratamiento.

Además, EsSalud carga con otra distorsión estructural: administra recursos y al mismo tiempo presta el servicio. Esa doble función reduce el control, diluye responsabilidades y favorece la inercia. Cuando quien compra, supervisa y atiende pertenece al mismo engranaje, la evaluación de resultados pierde fuerza. Por eso resulta legítimo discutir una reforma que separe funciones, introduzca controles más estrictos y permita que el paciente sea atendido donde reciba mejor respuesta, bajo estándares claros y con fiscalización real.

Pero tampoco hace falta esperar una gran reforma legal para mejorar lo básico. Mucho de lo que hoy indigna a los asegurados corresponde a fallas de gestión pura: mantenimiento deficiente, compras lentas, ausencia de seguimiento, baja capacidad de ejecución y nula rendición de cuentas. Allí está una de las tragedias más silenciosas del sistema: muchas veces no se fracasa por falta de diagnóstico, sino por falta de decisión.

EsSalud necesita una reforma profunda, sí, pero antes que nada necesita independencia de la política de turno. La elección meritocrática de su presidente ejecutivo y un directorio con verdadero poder de decisión ya no deberían ser vistos como propuestas audaces, sino como exigencias mínimas de una institución que no puede seguir funcionando a espaldas del paciente.

Reflexión final
Un seguro social no puede operar como botín burocrático ni como refugio de intereses ajenos a la salud. Cada cita perdida, cada examen postergado y cada medicamento ausente tiene rostro humano. El Perú no puede seguir aceptando que la enfermedad avance mientras la gestión se empantana entre influencias, cálculos y silencios. Reformar EsSalud ya no es una opción técnica: es una obligación moral. (Foto: Comer Perú).

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