Políticos en negación: el maquillaje electoral de siempre

En el Perú, la política ha llegado a un punto en el que algunos de sus protagonistas prefieren negar lo que son antes que defender lo que han hecho. En plena campaña, candidatos con años —e incluso décadas— en cargos públicos insisten en repetir que “no son políticos”. No es un lapsus. Es una estrategia deliberada para distanciarse de un sistema que ellos mismos ayudaron a construir. La escena es reveladora: no se reniega del poder, se reniega de la responsabilidad. Y ese gesto, más que renovación, evidencia una preocupante falta de honestidad frente al elector.

Durante el reciente debate presidencial, Yohny Lescano y Roberto Sánchez apelaron a esa narrativa. Ambos han sido parte activa del aparato político: Lescano como congresista por años; Sánchez como parlamentario y ministro en el gobierno de Pedro Castillo. Sin embargo, frente al país, optaron por presentarse como si fueran ajenos a ese recorrido. La contradicción es evidente. No se trata de un error de comunicación, sino de una forma de esquivar el balance de su propia trayectoria.

El caso de Rafael López Aliaga no es distinto. Desde hace años recurre al discurso del “yo no soy político”, pese a haber participado en procesos electorales, transitado por organizaciones partidarias y ejercer actualmente un cargo de elección popular. Sostener esa idea ya no es una forma de diferenciarse; es una manera de desdibujar su propia responsabilidad dentro del sistema que hoy cuestiona.

Este fenómeno no es aislado. Se extiende también al Congreso, donde decenas de parlamentarios buscan la reelección mientras intentan proyectarse como figuras externas al mismo espacio que ocupan. Algunos lo hacen incluso apoyándose en su bajo perfil legislativo, como si la falta de iniciativa o impacto fuera una credencial para desligarse del sistema. El mensaje implícito es preocupante: se puede formar parte del problema sin asumirlo.

La insistencia en este tipo de discursos revela algo más profundo que una estrategia de campaña. Refleja una relación deteriorada entre la política y la ciudadanía, en la que los propios actores parecen reconocer el descrédito del sistema, pero optan por maquillarlo en lugar de enfrentarlo. En vez de asumir responsabilidades, explicar decisiones o proponer reformas, se elige la vía más simple: negar pertenencia.

Pero esa negación no corrige la crisis; la profundiza. Porque un sistema político no se fortalece cuando sus integrantes se distancian de él en el discurso, sino cuando lo transforman con coherencia y transparencia. Un candidato que rechaza ser identificado como político, mientras busca ejercer el poder, plantea una contradicción que el electorado no debería pasar por alto.

La política no necesita más candidatos que aparenten ser nuevos sin serlo. Necesita liderazgos que reconozcan su trayectoria, asuman sus decisiones y respondan por ellas. Negar el pasado no construye confianza; la debilita.

Reflexión final
En este contexto, el rol del ciudadano se vuelve aún más relevante. Informarse, contrastar información y evaluar trayectorias deja de ser una opción para convertirse en una responsabilidad. En tiempos de discursos que buscan simplificar o confundir, pensar antes de votar no es solo una consigna. Es una forma de proteger la calidad de la democracia. (Foto: Andina).

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