En política, no basta con tener una estrategia; hay que saber si esa estrategia corresponde al escenario. Y en el debate de esta semana, Keiko Fujimori y su equipo tomaron una mala decisión: apostar por el storytelling en un formato que castiga la narración larga, premia la síntesis feroz y no perdona un segundo de distracción. El recurso, bien usado, puede ser potente. Pero mal calculado, y dentro de un mecanismo rígido y cronometrado, se convierte en un lastre. Eso fue lo que ocurrió. Keiko no encontró en el storytelling una herramienta de conexión, sino una trampa de tiempo, ritmo y exposición.
El problema no fue el storytelling en sí mismo. El problema fue pretender usarlo como si todos los debates fueran iguales. No lo son. Hay formatos donde una historia bien construida humaniza, ordena ideas y deja huella emocional. Pero en debates cortos, con intervenciones restringidas, ataques cruzados y réplicas inmediatas, contar una historia puede convertirse en un lujo demasiado caro. Y cuando el tiempo asignado a cada candidato es reducido, la narrativa extensa deja de parecer profundidad y empieza a parecer dispersión.
Eso fue exactamente lo que le pasó a Keiko. Su apuesta no estuvo bien calibrada para el mecanismo del debate. No logró administrar el tiempo, no condensó con eficacia el relato y terminó cediendo terreno en un espacio donde cada segundo cuenta y cada vacilación se paga. El storytelling exige precisión, control emocional y una estructura impecable. Si la historia no está extraordinariamente bien narrada, el recurso se vuelve contraproducente. Y en este caso, más que ordenar su mensaje, lo debilitó.
A eso se sumó un problema todavía más serio: perdió concentración. En lugar de recomponerse frente a los ataques de los otros candidatos, terminó absorbida por el clima del debate. Y allí se reveló otra falla de su estrategia. Si un candidato apuesta por una narrativa más elaborada, necesita aún más temple para no ser arrastrado por la agresividad del intercambio. Keiko no lo consiguió. Fue golpeada políticamente sin misericordia y no respondió con la contundencia que exigía el momento. El resultado fue una imagen de fragilidad en una contienda donde lo que se buscaba era autoridad.
La ironía es dura. El storytelling podía haber sido una herramienta de diferenciación. Pero terminó exhibiendo una preparación deficiente del equipo y una lectura equivocada del terreno. En vez de acercarla al elector, la alejó del centro de gravedad del debate. En vez de darle identidad, la dejó expuesta. Y en política, una estrategia mal aplicada no solo falla: también delata.
En los debates de esta semana no hubo un ganador claro. Pero sí hubo dos grandes perdedores: Keiko Fujimori y César Acuña. En el caso de Keiko, la derrota fue todavía más llamativa porque no vino solo del ataque rival, sino de una estrategia mal diseñada.
Reflexión final
Los debates no perdonan el error táctico. Y esta vez Keiko no cayó únicamente por lo que dijo o dejó de decir, sino por haber entrado al escenario equivocado con el libreto equivocado. Porque en política, cuando la forma no entiende al tiempo, el mensaje no persuade: se derrumba.
