Adiós, Manolo Rojas: hasta siempre, maestro del humor

La partida de Manolo Rojas no solo enluta a su familia, a sus amigos y a sus compañeros de trabajo; también deja un vacío sensible en la memoria afectiva del Perú. Hay artistas cuya obra queda guardada en archivos, grabaciones o escenas televisivas. Pero existen otros —más escasos— cuya presencia se instala en la vida cotidiana de la gente: en la radio que acompaña el tráfico de Lima, en la sobremesa familiar, en la conversación casual que recuerda una imitación o un personaje. Manolo Rojas pertenecía a esa estirpe. Su muerte, a los 63 años, cierra una trayectoria artística amplia y entrañable, pero al mismo tiempo invita a mirar con perspectiva lo que representó como humorista, imitador, actor y figura popular del espectáculo peruano.

Su familia lo expresó con palabras sencillas pero profundas: su ausencia deja “un vacío inmenso”. No es una frase protocolar. Es el reflejo de la dimensión humana de un artista que supo ganarse el respeto de sus colegas y el cariño del público. Porque Manolo Rojas no fue solo un hombre del espectáculo: fue también una voz reconocible, un rostro familiar y un intérprete que supo traducir la realidad del país en humor cercano y profundamente peruano.

La semblanza de Manolo Rojas comienza inevitablemente en los escenarios donde se formó su oficio. Dio sus primeros pasos en el programa Hola, qué tal, conducido por Román “Ronco” Gámez. Luego consolidó su presencia en el circuito de café teatro, un espacio exigente donde el talento se mide frente al público, sin filtros ni artificios. Allí compartió escenario con figuras importantes de la comicidad nacional como Miguel Barraza, Melcochita, Bettina Oneto, el Gordo Casaretto y Amparo Brambilla. Esa escuela directa moldeó a un artista con ritmo, intuición y una capacidad notable para conectar con la audiencia.

Su salto a la televisión amplió su alcance. En programas emblemáticos como Risas y salsa encontró una vitrina ideal para desplegar su talento como imitador y creador de personajes. Construyó una galería de figuras que demostraban su versatilidad y su aguda observación del entorno. Personajes como Pepe Ludmir, Lucho Izuski, Tito Navarro o Chuchi Díaz formaron parte de ese repertorio que el público reconocía con facilidad. Pero quizá uno de sus mayores éxitos fue la imitación del popular ‘Broder Pablo’, inspirado en el evangelista Pablo Finkenbinder, personaje que alcanzó gran notoriedad a nivel nacional.

Sin embargo, reducir su trayectoria a una lista de personajes sería injusto. Manolo Rojas fue un artista multifacético. También incursionó como actor y cantante, llegando a grabar temas de su propia autoría. Esa versatilidad lo convirtió en un profesional completo del entretenimiento, alguien que entendía el escenario como un espacio integral donde se mezcla interpretación, humor, música e improvisación.

Gran parte de su reconocimiento popular se consolidó en el programa Los Chistosos de RPP, un espacio radial que durante décadas acompañó a miles de peruanos. Allí su talento encontró una plataforma estable desde donde su humor se convirtió en compañía cotidiana. Rojas no solo hacía reír: también ofrecía una lectura del país desde la ironía, la imitación y la sensibilidad popular.

La muerte de Manolo Rojas deja mucho más que nostalgia. Marca la despedida de una figura entrañable de la cultura popular peruana, un artista que entendió que el humor también puede ser memoria, identidad y refugio. Su carrera fue el resultado de años de disciplina, observación y cercanía con el público. No fue una moda ni una aparición pasajera: fue un humorista que se ganó su lugar con autenticidad.

Hoy el Perú despide a un comediante notable, a un imitador talentoso y a un hombre profundamente querido por quienes compartieron con él escenarios, estudios de radio y momentos de vida.

Reflexión final
Tal vez esa sea la verdadera dimensión de su legado. Los artistas populares cumplen una función silenciosa pero esencial: acompañan. Acompañan con una voz familiar, con un personaje memorable o con una risa que ayuda a sobrellevar los días difíciles. Por eso su ausencia pesa tanto. Porque cuando se va alguien como Manolo Rojas, no solo se apaga un artista. También se cierra un capítulo entrañable de la vida cotidiana del país. Y en ese silencio que deja su partida, el Perú entiende que reír con él fue, en el fondo, una manera de sentirse un poco más cerca.

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