El bloque sobre educación, innovación y tecnología debía ser el corazón de esta campaña. Allí se discutía, en teoría, el futuro del país: cómo formar capital humano, cómo cerrar brechas históricas y cómo insertarnos en una economía que ya no espera a nadie. Pero la jornada dejó una sensación inquietante: muchas promesas, algunas ideas interesantes y demasiados vacíos sobre el “cómo”. Se habló de presupuesto, becas, conectividad, institutos, modernización y hasta de soluciones tecnológicas de alto impacto. Lo que volvió a escasear fue la arquitectura real de esas propuestas.
El problema no es que falten ideas. El problema es que sobran anuncios y falta sustento. Subir el presupuesto educativo al 7% u 8% del PBI puede ser deseable, pero no basta con enunciar cifras sin explicar fuentes de financiamiento, capacidad de ejecución y mecanismos de control. El Perú no fracasa por falta de discursos; fracasa por la distancia entre lo que se promete y lo que el Estado es capaz de cumplir.
Lo mismo ocurre con la expansión de becas, la construcción de colegios o la creación de institutos tecnológicos. Son medidas necesarias, incluso urgentes. Pero sin un rediseño profundo de gestión pública, esas promesas corren el riesgo de convertirse en cifras que no se traducen en calidad. El país ya ha visto programas bien intencionados que terminan debilitados por corrupción, burocracia o improvisación.
En el terreno de la innovación, el debate mostró otro síntoma preocupante: la fascinación por la tecnología como símbolo, no como sistema. Hablar de internet para todos o incluso de soluciones como un satélite puede sonar moderno, pero sin una estrategia integral —infraestructura energética, alfabetización digital, capacitación docente, mantenimiento, sostenibilidad— esas ideas pueden quedar como vitrinas costosas sin impacto real en el aprendizaje. La tecnología no transforma por sí sola; transforma cuando está integrada a una política educativa coherente.
También hubo propuestas que encienden alertas mayores. Plantear la eliminación o debilitamiento de mecanismos de supervisión de la educación superior no es una simple reforma administrativa: es una decisión que puede afectar directamente la calidad de formación de miles de jóvenes. El Perú ya vivió las consecuencias de una educación universitaria desregulada, donde el negocio desplazó al conocimiento. Retroceder en ese terreno no solo es riesgoso, es repetir errores que ya costaron demasiado.
Pero quizás lo más preocupante es la mirada fragmentada. Muchos candidatos hablan de educación, innovación y tecnología como compartimentos separados, cuando en realidad son parte de un mismo sistema. Sin educación de calidad no hay innovación sostenible. Sin innovación no hay productividad. Sin productividad no hay empleo digno. Y sin ciudadanos mejor formados, la democracia se debilita, se polariza y se vuelve más vulnerable a la manipulación.
El Perú no necesita una suma de propuestas aisladas. Necesita una visión integrada, de largo plazo, que articule escuela, universidad, mercado laboral, ciencia, tecnología e institucionalidad. Necesita, en otras palabras, un proyecto de país.
El debate dejó una lista amplia de ofertas, pero no logró despejar la duda central: si los candidatos están preparados para convertir esas promesas en políticas públicas viables, sostenibles y medibles.
Reflexión final
La educación no puede seguir siendo un escenario de promesas grandilocuentes ni de experimentos políticos. Es la base sobre la que se construye todo lo demás. Si el Perú no pasa del discurso a la estrategia, de la oferta al sistema, seguirá atrapado en el mismo círculo: elecciones llenas de anuncios y un país que avanza mucho menos de lo que necesita. (Foto: JNE).
