Elecciones: más candidatos que propuestas, menos fe pública

La campaña electoral peruana avanza con una abundancia de nombres y una escasez de ideas. No faltan candidatos; faltan propuestas con sustancia, trayectorias defendibles y señales de seriedad frente a un país golpeado por la inseguridad, la pobreza, el hambre y la desconfianza institucional. Ese vacío no es una impresión aislada. En los últimos días, el Barómetro de las Américas en Perú reportó que solo 18% de peruanos está satisfecho con el funcionamiento de la democracia, 93% cree que el sistema político debe cambiar y apenas 8% simpatiza con un partido político. Es decir, la elección se desarrolla no sobre entusiasmo ciudadano, sino sobre un suelo de hastío y descrédito.

La fotografía electoral confirma esa anemia de representación. La más reciente encuesta de Ipsos citada por La República mostraba una contienda fragmentada, con Keiko Fujimori en 11% y Rafael López Aliaga en 9%, seguidos de lejos por otros postulantes. Días antes, CPI advertía también un escenario con altos niveles de indecisión y liderazgos que no logran consolidarse. Cuando los punteros apenas rozan dos dígitos y una parte importante del electorado sigue dudando hasta el final, no estamos ante una elección vigorosa, sino ante una competencia de minorías en un país que mira la política con recelo.

Ese desencanto no surge porque sí. También responde a la pobreza del debate público. La cobertura reciente sobre la primera ronda y segunda de debates presidenciales describió un escenario de “pocas propuestas y ataques deslucidos”, una síntesis brutal pero certera del momento. Demasiados candidatos parecen más preocupados por sobrevivir mediáticamente que por explicar cómo enfrentarán problemas estructurales. Mucha frase efectista, poca hoja de ruta. Mucha gesticulación de outsider, poca rendición de cuentas sobre el pasado. Y así, la campaña corre el riesgo de convertirse en una vitrina de ocurrencias donde cada quien ofrece novedad, aunque cargue años de vida política a cuestas.

La consecuencia es grave. Un electorado desencantado no solo se aleja emocionalmente de los candidatos; también puede terminar votando desde el cansancio, el temor o el cálculo del mal menor. La República recogió que los indecisos de 2026 reflejan precisamente la fragmentación de candidaturas, la debilidad partidaria y la desafección política. Esa combinación erosiona la calidad democrática porque reduce la elección a una carrera de descarte antes que a una deliberación genuina sobre el futuro del país. Si la política ya no inspira convicción, el voto empieza a parecer más un acto defensivo que una apuesta de esperanza.

Lo más inquietante es que buena parte de la clase política parece no comprender la magnitud del rechazo que enfrenta. En lugar de responder con mayor transparencia, mejores equipos y propuestas mejor trabajadas, muchos optan por la pose, el marketing o la negación de su propia trayectoria. Se presentan como renovación quienes ya fueron parte del problema; prometen soluciones exprés quienes ni siquiera describen el diagnóstico completo; invocan cercanía con el ciudadano quienes no logran reconstruir la confianza básica en la democracia. Así, la campaña no combate el desencanto: lo alimenta.

Elecciones 2026 ofrece, hasta ahora, más postulantes que proyectos nacionales y más ruido que contenido. La ciudadanía percibe esa pobreza y la devuelve en forma de distancia, indecisión y desapego. No es solo una crisis de oferta electoral; es una crisis de credibilidad. Y cuando una democracia llega a una elección con tan poca fe en sus actores, el resultado puede ser legal, pero no necesariamente sólido en legitimidad social.

Reflexión final
Por eso, hoy más que nunca, votar exige algo más que simpatía o rechazo instantáneo. Exige memoria, lectura, contraste y juicio propio. Si los candidatos insisten en ofrecer más espectáculo que propuestas, la ciudadanía tendrá que hacer el trabajo que la política no está haciendo: separar el discurso del humo, la trayectoria del disfraz y la promesa de la improvisación. En una elección marcada por el desencanto, pensar antes de votar deja de ser una recomendación prudente. Se convierte en una necesidad democrática. (Foto: JNE).

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