El Perú vuelve a enfrentarse a una enfermedad que ya no debería ser noticia. En Puno, los casos de sarampión pasaron de 2 a 8 en solo tres días, encendiendo una alerta sanitaria que, más que sorprender, debería avergonzar. Porque el problema no es el virus —conocido, prevenible y controlable—, sino el abandono progresivo de una de las herramientas más eficaces de la salud pública: la vacunación. Cuando lo prevenible regresa, lo que falla no es la biología, sino la gestión.
Las cifras no mienten. Antes de la pandemia, las coberturas de vacunación superaban el 90%; hoy apenas bordean el 76%, muy lejos del 95% necesario para evitar brotes. En otras palabras, el sistema retrocedió y el virus encontró el espacio perfecto para reaparecer. Lo que hoy ocurre en Puno no es un episodio aislado: es la consecuencia directa de años de descuido, falta de campañas sostenidas y una peligrosa normalización de la improvisación sanitaria.
El sarampión no es una gripe menor. Puede derivar en neumonía, encefalitis e incluso la muerte. Sin embargo, el país parece haberlo olvidado. Mientras tanto, las autoridades reaccionan —otra vez— tarde y a la carrera: brigadas desplegadas, vacunación de bloqueo, búsqueda activa de casos. Todo necesario, sí, pero también revelador. Se actúa cuando el problema ya está instalado, no cuando todavía podía evitarse.
El propio director regional de Salud advierte que, sin intervención, los casos podrían pasar de 8 a 45 en un primer ciclo y superar los 250 en un segundo. Es decir, el brote apenas empieza y ya proyecta un crecimiento exponencial. Y aun así, el sistema parece operar en modo reactivo, como si cada emergencia fuera un hecho aislado y no parte de un patrón repetido.
Hay otro factor que agrava el escenario: la vulnerabilidad geográfica. Puno, por su cercanía con países donde aún circula el virus, es un punto de ingreso permanente. Pero eso no es una excusa; es una advertencia que el Estado conoce hace años. Lo que falta no es información, sino decisión para cerrar brechas estructurales.
Mientras tanto, las clases continúan “con vigilancia”, una frase que suena tranquilizadora pero que en la práctica depende de algo mucho más básico: que el sistema funcione. Y hoy, ese funcionamiento es irregular.
El brote de sarampión en Puno no es una sorpresa epidemiológica. Es una consecuencia política. Es el resultado de haber debilitado la prevención, de haber postergado inversiones básicas y de haber confiado en que los problemas desaparecerían solos.
Reflexión final
Cuando una enfermedad prevenible vuelve, no es el pasado el que regresa: es el Estado el que retrocede. Y en un país donde la salud pública depende más de la reacción que de la planificación, cada brote deja la misma lección incómoda: no estamos fallando frente al virus, estamos fallando antes de que aparezca. (Foto: El Machete).
