Reflexiones preelectorales: votar para cortar la caída

A pocos días de una nueva elección, el Perú vuelve a pararse frente a la urna con esa mezcla ya demasiado conocida de fatiga, desconfianza y resignación. En la superficie, el país parece estable: inflación controlada, tipo de cambio relativamente sereno, reservas sólidas y deuda manejable. Todo luce, en apariencia, bajo control. Pero esa postal económica convive con otra verdad mucho menos cómoda: el país funciona como un enfermo crónico que todavía camina, pero cada vez peor. Y esa es, justamente, la paradoja peruana: seguimos respirando macroeconómicamente mientras nos deterioramos institucional, política y socialmente.

El problema no es una sola crisis, sino la acumulación persistente de varias. La disciplina fiscal empieza a ceder frente al gasto corriente y las decisiones de corto plazo; la inseguridad se expande como si el crimen tuviera mejor estrategia que el Estado; la justicia se debilita; la fiscalía pierde capacidad; la inversión privada se enfría; la informalidad se vuelve permanente; y los servicios públicos, especialmente salud, saneamiento y educación, siguen deteriorándose sin pausa.

La ironía es evidente. Durante años se repitió que el Perú tenía bases económicas sólidas, como si eso bastara para sostenerlo todo. Hoy esas bases siguen ahí, pero cada vez más tensionadas por una política que no construye, sino que desgasta. Es como vivir de una herencia bien administrada en el pasado, mientras en el presente se descuida todo lo que permite que ese equilibrio continúe.

Y luego está la oferta electoral. Mucha cantidad, poca calidad. En la papeleta presidencial abundan nombres, pero escasean propuestas consistentes. En la congresal, el panorama es aún más complejo: candidaturas repetidas, rostros reciclados y nuevos actores que tampoco logran transmitir solvencia. Los debates no han logrado ordenar el escenario ni instalar una visión país clara. Lo que han dejado es una sensación de vacío: sin liderazgo definido, sin reformas estructurales bien planteadas y sin consensos mínimos.

Ese vacío se refleja en las encuestas: alta dispersión del voto, crecimiento del indeciso, aumento del voto blanco o nulo. Más que una elección entre proyectos sólidos, el país parece enfrentarse a una selección entre opciones insuficientes. Y eso, en sí mismo, ya es un problema estructural.

Aun así, esta elección no deja de ser una oportunidad. No una oportunidad para entusiasmos exagerados, sino para decisiones más responsables. Para filtrar mejor, para descartar con criterio y para elegir con mayor exigencia.

Reflexión final
El próximo domingo no votaremos en un escenario ideal. Votaremos con dudas, con cansancio y con pocas certezas. Pero incluso en ese contexto, el voto sigue siendo una herramienta clave. Porque si el país ya muestra signos claros de desgaste, lo más sensato es dejar de premiar los errores y empezar, al menos, a corregir el rumbo con mayor conciencia. (Foto: Infobae).

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