Informarse para elegir y evitar otro desastre desde el Palacio

En el Perú, votar sin informarse ya no es ingenuidad: es una peligrosa costumbre nacional. Cada elección revive el mismo teatro de siempre: candidatos que se disfrazan de salvadores, discursos fabricados para el aplauso rápido, promesas monumentales sostenidas sobre ideas diminutas y electores expuestos a una campaña donde el marketing intenta reemplazar al juicio. En ese escenario, el riesgo no es solo elegir mal. El verdadero peligro es volver a poner el país en manos de quienes entienden el poder como botín, la política como negocio y la democracia como escalera personal.

Por eso, informarse para elegir no es una sugerencia amable; es una obligación moral y cívica. Porque no basta con escuchar al candidato principal repitiendo palabras útiles como seguridad, cambio, honestidad o desarrollo. Lo que corresponde examinar con lupa es el paquete completo: plan de gobierno, equipo técnico, financistas, operadores, listas parlamentarias y el tipo de intereses que merodean esa candidatura. Ahí suele estar la verdad que la propaganda esconde.

Lo escandaloso no es que existan candidatos con propuestas vacías o rodeados de personajes de dudoso prontuario político. Lo verdaderamente grave es que una parte del electorado siga dispuesta a mirar hacia otro lado mientras se le ofrece humo con música de campaña. Se vota por simpatía, por rabia, por costumbre o por miedo, como si el futuro de la República pudiera decidirse con el mismo criterio con el que se elige un eslogan pegajoso. Después vienen la sorpresa fingida, el arrepentimiento tardío y la eterna frase nacional: “No imaginábamos que sería así”. Pero casi siempre había señales. Lo que no hubo fue seriedad para atenderlas.

Los debates, además, sirven de poco cuando el elector se conforma con la superficie. Un buen golpe verbal no reemplaza un programa. Una voz firme no reemplaza capacidad. Una pose de autoridad no reemplaza integridad. En el Perú, demasiadas veces se confunde al charlatán con líder, al improvisado con renovador y al populista con intérprete del pueblo. Y así terminamos girando en círculo: corrupción, desgobierno, autoritarismo reciclado, indiferencia frente al dolor ciudadano y un Estado capturado por mediocres eficaces para la campaña, pero inútiles para gobernar.

Elegir bien exige memoria, rigor y desconfianza. No hacia la democracia, sino hacia quienes la usan para entrar al poder y después vaciarla desde dentro. El voto consciente no se construye con entusiasmo pasajero, sino con revisión severa y criterio firme.

Reflexión final
Informarse para elegir es, en realidad, una forma de defensa propia. Porque cuando una sociedad renuncia a examinar a fondo a quienes pretenden gobernarla, no comete un simple error electoral: firma, una vez más, su permiso para ser engañada, saqueada y maltratada desde Palacio. (Foto composición: lacajanegra.blog).

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