Treinta y cinco candidatos y una democracia en estado crítico

El Perú llega a estas elecciones del 12 de abril con una escena que retrata, con una precisión incómoda, el deterioro de su vida política: 35 candidatos presidenciales compitiendo por el voto de más de 27 millones de ciudadanos, en una de las contiendas más fragmentadas de los últimos años. En la misma cédula conviven exalcaldes de Lima, empresarios, exministros, un exfutbolista, un cómico, figuras recicladas de la vieja política y hasta un dirigente que, según la cobertura periodística, hace campaña desde la clandestinidad. Más que pluralidad, lo que asoma es una crisis de representación convertida en oferta electoral.

Lo inquietante no es solo la cantidad. Lo realmente grave es el tipo de normalidad que el país parece haber aceptado. Hoy se presenta como “diversidad democrática” lo que en realidad muchas veces luce como dispersión, improvisación y oportunismo. Se celebra que haya de todo: desde celebridades que saltan de la pantalla a la política hasta apellidos que buscan vivir del recuerdo familiar, pasando por empresarios, viejos operadores y candidaturas levantadas más por cálculo que por convicción. Cuando el menú electoral parece una mezcla de casting, revancha personal y reciclaje político, el problema ya no es la variedad: es la orfandad de seriedad.

Y en ese escaparate también aparecen los generales. José Williams, recordado por su participación en la operación Chavín de Huántar, y Roberto Chiabra, veterano de la Guerra del Cenepa, forman parte de una elección donde el uniforme retirado también busca traducirse en capital político. A ellos se suman otros perfiles vinculados al sector militar, incorporando a la campaña el viejo reflejo peruano de asociar disciplina con capacidad de gobierno. Pero una trayectoria militar, por sí sola, no reemplaza un proyecto democrático, una visión institucional ni un plan serio para un país tomado por la inseguridad, la corrupción y la captura del Estado por intereses particulares. El Perú no necesita símbolos de autoridad; necesita autoridades con rumbo, integridad y competencia.

Lo más peligroso, sin embargo, no está solo en los candidatos, sino en la indulgencia con que una parte del electorado vuelve a mirarlos. Se sigue votando por rabia, por costumbre, por miedo o por simple hartazgo, como si el destino nacional pudiera decidirse entre ocurrencias, slogans y golpes de efecto. Después llega el libreto conocido: sorpresa, decepción y un país nuevamente secuestrado por el desgobierno. Aquí no sobra democracia; sobra frivolidad frente al voto.

Treinta y cinco candidatos no equivalen a treinta y cinco soluciones. A veces significan treinta y cinco maneras de disfrazar la precariedad política de competencia abierta. La fragmentación no fortalece a la democracia cuando nace de partidos débiles, liderazgos improvisados y una ciudadanía obligada a escoger, otra vez, entre el temor y el desencanto.

Reflexión final
La cédula puede estar llena de nombres, símbolos y rostros, pero eso no garantiza que esté llena de estadistas. Cuando una elección reúne espectáculo, caudillismo, herencias políticas, militares, empresarios y prófugos bajo la misma promesa de salvación, lo mínimo exigible al ciudadano es desconfiar. Porque un país no se hunde solo por los malos candidatos: también se hunde cuando normaliza que cualquier ambición pueda presentarse como destino nacional. (Foto composición: lacajanegra.blog).

Lo más nuevo

Artículos relacionados