Loreto vuelve a encender una señal que el país no debería mirar con indiferencia. Más de 1,300 personas afectadas por dengue son una cifra significativa y un dato relevante. Es la expresión concreta de una amenaza sanitaria que reaparece cada vez que el calor, la humedad, la lluvia y la fragilidad del sistema se combinan en el peor momento. La región se mantiene en alerta, y esa palabra no debe entenderse como una formalidad burocrática, sino como una advertencia directa: cuando el dengue crece, la reacción tardía cuesta salud, hospitalizaciones y vidas en riesgo.
Es cierto que, en comparación con el mismo periodo del 2025, la cifra es menor. Pero ese contraste no puede convertirse en consuelo administrativo. En el Perú, a veces se celebra no estar peor como si eso bastara para afirmar que estamos bien. Y no es así. Que hoy haya menos casos que en el brote previo no elimina el hecho central: Loreto ya reporta más de 1,300 afectados, 178 hospitalizados y un incremento sostenido de pacientes febriles en sus establecimientos de salud.
El dato más inquietante no es solo la cantidad, sino la tendencia. Cuando los casos suben en una región donde las condiciones climáticas favorecen la reproducción del mosquito transmisor, lo responsable no es esperar a que la curva se dispare para recién estremecerse. Lo responsable es actuar antes, con prevención sostenida, vigilancia sanitaria real y capacidad de respuesta territorial. Sin embargo, el país sigue atrapado en una rutina conocida: se reacciona cuando el problema ya tocó la puerta, cuando las camas empiezan a ocuparse y cuando la alerta ya dejó de ser preventiva para convertirse en urgencia.
Yurimaguas concentra buena parte de los casos, seguida por Iquitos, San Juan Bautista, Belén y otras zonas donde el dengue no llega como sorpresa, sino como una visita demasiado predecible. Por eso incomoda tanto escuchar llamados a la prevención cada vez que el brote ya está en marcha. Claro que la ciudadanía debe colaborar eliminando criaderos y acudiendo al centro de salud ante síntomas de alarma. Pero también es cierto que la salud pública no puede descansar solo sobre el balde vacío en un patio o sobre la buena voluntad del vecino. El Estado debe anticiparse, no simplemente recomendar.
Loreto no necesita discursos estacionales ni campañas de apuro. Necesita continuidad, planificación y presencia efectiva. El dengue no puede seguir tratándose como un episodio repetido al que nos resignamos cada año.
Reflexión final
Cuando una región entra en alerta por dengue, lo que está en juego no es solo el control de un mosquito. También se pone a prueba la seriedad de un país para proteger a su gente. Porque la verdadera emergencia empieza cuando la costumbre hace que dejemos de indignarnos ante lo que nunca debió volverse normal. (Foto: Exitosa).
