En el Perú, las elecciones ya no solo se viven en las urnas. También se padecen en la mesa familiar, en el trabajo, en el mercado y, sobre todo, en la mente. La salud mental en tiempos electorales se ha convertido en un asunto urgente porque el clima político actual no solo informa: desgasta, tensiona y fragmenta. El psiquiatra Carlos Bromley ha advertido que predominan la preocupación, la desconfianza, el miedo y la incertidumbre. No es una percepción aislada, sino un estado social extendido que modifica la forma en que pensamos, discutimos y convivimos. La política ha dejado de ser solo un ejercicio ciudadano para convertirse en un detonante emocional permanente.
La primera carga que instala una elección incierta es económica. Bromley lo explica con claridad: la ciudadanía no piensa primero en ideologías, sino en sobrevivencia. ¿Alcanzará el dinero? ¿Se podrá ahorrar? ¿Habrá estabilidad en el corto plazo? Estas preguntas convierten el proceso electoral en una experiencia íntima, casi doméstica. La ansiedad deja de ser abstracta cuando impacta el bolsillo. Allí, la política se vuelve cotidiana y el estrés se instala como un ruido de fondo constante.
Pero el problema no se detiene ahí. A esta presión se suma la sobreexposición a información y desinformación. No solo se trata de los noticieros, sino de redes sociales, cadenas de WhatsApp, opiniones cruzadas y discusiones interminables en cualquier espacio. El ciudadano promedio ya no consume información: la padece. Cada versión contradice a la otra, cada dato parece incompleto y cada interpretación genera más dudas. El resultado es una mente saturada, en alerta constante, incapaz de procesar con serenidad lo que ocurre.
Ese desgaste emocional tiene consecuencias visibles. Familias divididas por posturas políticas, discusiones que escalan con facilidad, personas que alternan entre la angustia y la irritación. Bromley advierte algo aún más preocupante: los niños y adolescentes absorben este clima. Ven a sus padres tensos, preocupados o enfrentados, y replican esa ansiedad sin entender completamente su origen. La política, entonces, no solo afecta la estabilidad institucional, también impacta el equilibrio emocional de las nuevas generaciones.
Frente a este escenario, sobrellevar el proceso electoral exige más disciplina emocional que entusiasmo político. Reducir el consumo de información tóxica, evitar la exposición constante a noticias alarmistas, filtrar fuentes y priorizar contenidos útiles no es evasión: es autocuidado. Del mismo modo, enfocarse en el presente —en lo que sí se puede controlar— permite reducir la ansiedad que nace de un futuro incierto. Conversar sin agresividad, escuchar sin imponer y preservar espacios de calma en el entorno familiar se vuelve una forma de resistencia emocional.
Participar en democracia no debería implicar sacrificar la estabilidad emocional. Informarse, opinar y decidir son derechos, pero también lo es proteger la salud mental en el proceso.
Reflexión final
Una democracia saludable no debería enfermar emocionalmente a su población cada vez que vota. Mientras la política siga generando más angustia que confianza, el autocuidado será una herramienta imprescindible. Preservar la serenidad en tiempos electorales no es indiferencia: es una forma de lucidez. Porque cuando el miedo domina la mente, la decisión deja de ser libre. Y una democracia que se decide desde la ansiedad, inevitablemente, se debilita.(Foto composición: lacajanegra).
