¡Una locura! Mundial 2030 con 64 selecciones y en 6 países

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

Hay días en que uno se pregunta si Gianni Infantino y Alejandro Domínguez realmente aman el fútbol… o solo aman los ceros que aparecen en las cuentas bancarias de la FIFA. Porque, si de celebrar los 100 años del Mundial se trata, su gran idea es… ¡llevarlo a 64 selecciones!

No es un homenaje, es una inflación descontrolada. Una megalomanía disfrazada de “fiesta universal” que amenaza con convertir la mayor gesta deportiva en un maratón interminable de partidos irrelevantes. Porque el fútbol no se mide en cantidad, sino en calidad, pasión y mérito. Y lo que está proponiendo la FIFA es exactamente lo contrario.

El Mundial de Clubes en Estados Unidos ha sido la perfecta advertencia de lo que se avecina: estadios medio vacíos, calor sofocante, entradas regaladas y partidos que, francamente, ni el gato quiere ver. Y sin embargo, ahí están Infantino y Domínguez, empeñados en que el Mundial 2030 debe incluir a medio planeta… aunque buena parte de ese planeta ni sepa cómo se escribe “fuera de juego”.

Sesenta y cuatro selecciones. Una cifra que luce impresionante en los PowerPoint de la FIFA, pero que en la cancha solo asegura algo: partidos desparejos y goleadas históricas.

¿Quién llenará estadios para ver un Mongolia vs. Luxemburgo a las diez de la mañana en Marruecos?. ¿Quién se emocionará con un Surinam vs. Islas Salomón en Portugal mientras Messi y Mbappé calientan en otro continente?.

El proyecto plantea que el Mundial 2030 se dispute nada menos que en seis países: Argentina, Uruguay y Paraguay (como sedes sudamericanas inaugurales), y luego repartido entre España, Portugal y Marruecos. Una logística demencial que cruzará tres continentes, multiplicará los vuelos y disparará los costos económicos y ambientales.

La FIFA llama a esto “inclusión”. Pero no nos engañemos: más partidos son más derechos televisivos, más sponsors, más entradas vendidas… y más millones en las arcas de Zúrich.

Mientras, los jugadores ven cómo se evaporan sus vacaciones. Las ligas locales sufren interrupciones eternas. Y los hinchas, esos que dan sentido a este deporte, se aburren con un torneo inflado hasta la náusea. Porque el fútbol no es cantidad. El fútbol es intensidad. Es épica. Y nadie escribe épica viendo a Alemania golear 8-0 a una selección invitada solo para rellenar el fixture.

El Mundial merece celebrarse. Y claro que merece ser global. Pero inflarlo a 64 selecciones es traicionar su esencia. Es convertir el torneo más prestigioso del planeta en un interminable buffet donde sobran platos, pero falta sabor.

En lugar de un homenaje al centenario, corremos el riesgo de asistir a una parodia. Un Mundial que se diluye entre partidos de relleno y desplazamientos logísticos imposibles. Un Mundial que deja de ser un sueño y se convierte en un monstruo devorador de recursos… y de emociones.

Reflexión Final
Infantino y Domínguez pueden seguir soñando con nuevos contratos, con derechos vendidos a Qatar o a Blavatnik y sus plataformas. Pero el fútbol no se compra ni se vende por kilo. El fútbol se juega en la cancha. Se vive en las tribunas. Y sobre todo, se siente en el corazón.

Si siguen inflando el Mundial como un globo, pronto solo les quedará recoger los pedazos cuando explote. Porque ni 64 equipos, ni 104 partidos, ni 1.000 sponsors podrán comprar lo que se pierde: la pasión auténtica que convirtió al Mundial en el espectáculo más grande del mundo.

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