El fútbol es pasión, identidad y cultura. Es el único idioma que une a millones sin necesidad de traducción. Pero cuando se lo pone al servicio de negociaciones comerciales y amistades políticas, deja de ser deporte para convertirse en un instrumento de poder. Gianni Infantino, presidente de la FIFA, lo sabe bien. Su reciente cercanía con Donald Trump —exhibida con gestos públicos y simbólicos— no es ya un secreto deportivo: es una ficha en un tablero geopolítico. Y lo que está en juego no es solo un arancel del 39% que Estados Unidos ha impuesto a Suiza, sino el alma del fútbol, que se degrada cada vez que se mezcla con la diplomacia de conveniencia.
Suiza, país orgulloso de su neutralidad, enfrenta una de las medidas comerciales más duras en años: un golpe directo a exportaciones clave como relojes, fármacos y metales preciosos, valoradas en más de 64 mil millones de dólares anuales. La presidenta suiza viaja a Washington, busca diálogo, ofrece concesiones, y regresa sin resultados. El fracaso abre la puerta a un recurso insólito: pedirle a Gianni Infantino que “hable” con Trump.
¿Por qué a él? Porque su relación con el expresidente estadounidense ha sido cultivada durante años: reuniones en la Torre Trump, encuentros en la nueva sede de la FIFA en Nueva York y el episodio más reciente, cuando Infantino entregó una medalla de campeón FIFA a Trump en el MetLife Stadium. Oficialmente, era un reconocimiento por su apoyo al Mundial 2026. En la práctica, se convirtió en una postal política que hoy algunos quieren utilizar como herramienta diplomática.
Aquí está el verdadero problema: Infantino no es un canciller, no es un negociador de tratados, y mucho menos un representante electo para defender los intereses de Suiza. Es el dirigente de una organización que proclama su independencia y neutralidad política… pero que, con gestos así, se alinea peligrosamente con líderes e intereses ajenos al deporte.
El fútbol no debería ser la carta bajo la manga de ningún gobierno para resolver disputas comerciales. Y, sin embargo, en la FIFA la frontera entre deporte y política se ha vuelto difusa. Sedes adjudicadas con criterios cuestionables, partidos utilizados como propaganda, y ahora la posibilidad de que su presidente interceda en un conflicto económico. Si Infantino actúa, compromete la imparcialidad de la FIFA. Si no lo hace, quedará como el hombre que se arrodilla ante el poder mediático, pero que ignora cuando su propio país lo necesita.
Suiza tiene instituciones y funcionarios preparados para negociar. Lo que no tiene es la obligación de pedir favores a un dirigente deportivo para corregir un problema que pertenece a la esfera política y económica. Y la FIFA, si respetara su propia carta ética, debería rechazar cualquier intento de usar el fútbol como moneda de cambio diplomática. El gesto de Infantino hacia Trump no fue un acto inocente; fue una señal que ahora se lee como puerta abierta para la influencia política.
Reflexión final
El fútbol no es un ministerio, y su presidente no debería actuar como canciller itinerante. Cada vez que Infantino confunde la FIFA con un salón de embajadas, erosiona la credibilidad de la institución y traiciona el espíritu de competencia limpia que dice defender. El Mundial, las ligas y las copas no deberían depender de guiños políticos ni de relaciones personales, sino del mérito deportivo. Pero en este partido, jugado lejos de las canchas, el marcador está claro: la política gana, la diplomacia aplaude… y el fútbol, una vez más, pierde.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
