En la Amazonía no solo crecen árboles; también germinan cortinas de humo. Así se estrena la nueva producción latinoamericana: “La cortina de humo”, protagonizada por Gustavo Petro y Dina Boluarte. Un drama geopolítico con aroma a selva, trama de distracción, y guion improvisado para tapar el desastre institucional que ambos gobiernos no saben –ni quieren– resolver.
¿El escenario?. La Isla Santa Rosa, territorio peruano según todos los tratados internacionales vigentes. ¿El conflicto? Inventado. ¿La razón? La misma de siempre: desviar la atención de los verdaderos problemas. Petro lanza la primera piedra con la excusa de una supuesta “apropiación territorial”, y Boluarte –sin rumbo, sin popularidad y sin plan– responde de inmediato, cual actriz secundaria que finalmente consigue escena principal.
La acusación del presidente Petro sobre una pretendida apropiación peruana de la Isla Santa Rosa no solo carece de sustento histórico y jurídico, sino que raya en la irresponsabilidad. El Tratado Salomón-Lozano de 1922 y su ratificación posterior en el Protocolo de Río de Janeiro de 1934 son categóricos: la Isla Santa Rosa pertenece al Perú, y así lo ha reconocido incluso el Estado colombiano por décadas. Ninguna reinterpretación creativa del derecho internacional puede cambiar eso.
Pero la verdad no vende titulares. Lo que sí vende es la narrativa de conflicto. Petro necesita desviar la atención del colapso económico, social y político que enfrenta en casa, y para eso no hay nada más útil que un enemigo externo. Su puerto de Leticia, afectado por la oficialización del distrito de Santa Rosa de Yavarí, está perdiendo competitividad comercial. En lugar de proponer soluciones, opta por teatralizar un diferendo limítrofe que ya no existe.
Y mientras tanto, en Palacio de Gobierno, Dina Boluarte agradece el libreto. En medio de un país en ruinas –con hospitales sin medicinas, escuelas que se caen a pedazos, minería ilegal empoderada, bandas criminales que dominan regiones enteras y una población sumida en el miedo y la pobreza– la presidenta encuentra una oportunidad para ponerse la banda presidencial con algo de convicción. No gobierna: sobrevive. Y ahora también actúa.
La respuesta del Ejecutivo peruano fue automática, casi agradecida. Finalmente, una oportunidad de parecer fuerte, de levantar banderas en la selva mientras el país arde en las ciudades. La presidenta con más baja aprobación del planeta juega el juego que le conviene: posar como defensora de la patria.
Ambos líderes, Petro y Boluarte, han descubierto algo elemental: se necesitan. Se retroalimentan. Amor por conveniencia. Él grita “invasión”, ella responde “soberanía”. Él dramatiza la pérdida de Leticia, ella se aferra a Santa Rosa como si la hubiera visitado alguna vez. Y en medio de esta ficción fronteriza, la población queda relegada al papel de espectador impotente.
Así comienza esta telenovela amazónica. Con soldados desplegados, discursos inflamados, y cámaras captando cada gesto de “patriotismo” impostado. Pero lo esencial no cambia: Santa Rosa es del Perú, lo ha sido por más de un siglo, y lo seguirá siendo mientras el papel firmado aún tenga valor. Lo demás es espectáculo.
El verdadero conflicto no está en la ribera del Amazonas, sino en los gobiernos mismos: incapaces de resolver los problemas reales de sus pueblos, pero expertos en fabricar escenas que emocionen a las masas por unos días.
Reflexión final
Mientras Santa Rosa se convierte en escenario de poses geopolíticas, los ciudadanos siguen sumidos en el abandono, la injusticia y la corrupción. La soberanía no se defiende con banderazos de emergencia, sino con Estado presente, con servicios dignos, con justicia real.
Esta telenovela apenas empieza, y promete capítulos llenos de melodrama, banderas ondeando, y discursos vacíos. Lo único real es que Santa Rosa es peruana. Lo demás, puro libreto de una alianza por conveniencia entre mandatarios en caída libre.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
